Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tardes de feria en carruseles
que nos llevan a dar vueltas
por ese mundo infantil,
imaginario de aventuras
a lomos de un corcel de madera
que sube y baja en un trote
que nos hace soñar.
Algodón de azúcar,
o aquel exotismo de una raja de coco
que en contadas ocasiones podías comer.
Ruido que aturde el recuerdo
y lo mezcla, nos lleva, como un juego de la oca,
de ratos felices a momentos dichosos;
paseos por las calles engalanadas,
llenas de luminarias que encienden la noche
y la visten de colores.
Deseos que se hallan
tras los cristales de los escaparates.
Y las risas de quienes se fueron,
pero habitan la memoria de esos tiempos,
lozanos, enteros, risueños...
Añoranza de los días sin grandes preocupaciones,
dedicados a crecer,
a descubrir el mundo,
a llenar la vida de experiencias frescas,
tan recientes que no creíamos
que otros las hubiesen vivido antes...
Espejos de la infancia,
sabores puros, auras de felicidad.