Yo, la delincuente
Sobre ruedas
No estaba allí para verlos, aunque ellos se empeñaron en hacerlo. Fue bajarme de la camioneta y en el ambiente se pronunció la imagen de la Santa Inquisición. En ellos, en quienes bajaron detrás de mí: en los hombres. ¿Qué otra cosa podría ser? Al margen de ellos, en relación con nosotras, las mujeres, ¿existe algo más? “Te lo tenía que contar”, me dije.
Si hubiera nacido en otro tiempo estos tipos me queman por bruja. Bien es verdad que siempre quise serlo, pero de las de escoba. ¿Acaso no es una herramienta más? Como lo es Dios, supongo. ¿Para qué decir lo contrario? ¿Y el Hombre? En su idea, ¿deja de serlo? En realidad no dejamos de ser ideales por el concepto que tienen sobre sí mismos. ¿Lo son también? En esos momentos, ¿no lo era yo para ellos? Más cuando, como Ser, solo se da cabida al hombre, ¿o no? Como creador, supongo. En su endogamia. Hoy por hoy, en su ayer. ¿De quién?
En cuestión de ideas no hay lo que no pueda darse, desde luego. De por sí, con escoba o sin ella, muchas veces me veo allá arriba o acá abajo, que para mí y en cualquier caso es lo mismo. Porque soy un espacio dentro del espacio que ocupo, en el espacio en que habito. Lo trasmite mi movimiento, el espacio que soy, en el que me muevo. ¿De qué mi existencia? Si por naturaleza no hay mejor ciencia que la propia, ¿qué me puede decir nadie que yo no sepa? De lo que veo, y de lo que no veo también, ¿quién? Como si no deseo saber. ¿No nací para vivir? ¿Para qué creer o no creer? ¿No es mío mi sentir? Ni siquiera en el tiempo, el propio del hombre, claro. Ni de sus intereses creados, que para eso también me tengo y basto. Cuestión de autorreflejo. Puro reflejo. El movimiento de mi cuerpo, en su centro de vida. No se puede deber a otra cosa.
Por qué me iba a extrañar que Sócrates se prestara al circo. ¿Por qué no hacerlo? ¿No era un hombre? En su espíritu fueron de risa, o son de risa, todos, con su dichoso espíritu, el de sus incapacidades. Los muy legítimos. Con sus mirlos y contubernios: de sinfonía. ¿Qué se puede esperar de ellos? En grupo incluso menos. Qué les importó el trato que me dio Ángel. ¿No era una mujer? Algo habrás hecho, me pareció escucharlos en sus solemnidades e insolencias. En cuanto a nosotras, por supuesto. Ellos se creen lo suficiente para decidir por nuestra cuenta. El común de los mortales, que ya es decir. Ni me rebelé, ¿para qué?
Había que estar. Y como para no saber que todo corría por cuenta de la baba del capataz, pero solo a través de su pensamiento, ni siquiera por los hechos. Donde para colmo de bienes yo era la única mujer del grupo. De mayores veras. Ni qué decir. Como si tuviera alguna importancia, me dije.
El pensamiento del hombre ya es inherente a su cerebro; su invento. Consagrados, por supuesto. Como para escuchar lo que Ángel les había dicho al resto de los hombres sobre mí. ¿Importaba? Que era bueno lo que les dijo de mí, me dice Sócrates. Lo bueno en mi tierra se come, fueron las palabras con las que yo les brindé a ellos. Tampoco fue como para dejar que Sócrates me siguiera hablando sobre eso. Menuda encerrona. ¿Acaso tenía interés por lo que dijera o dejara de decir Ángel sobre mí? ¡De qué! Ni de ellos ni de nadie. Mi obligación era cumplir con un contrato de trabajo que era mi protección. Pues, ¿no es cuestión de ganarse la vida? Aunque sea trabajando para el mundo. Mundo que es propio de los hombres. Donde se acata lo que ellos dicen. ¿Cómo maestros? ¡De qué! ¿Por dónde? En el hazmerreír de haz lo que digo, no lo que hago. Como para no hacerme gracia oír fechas y tropelías sobre “el fin del mundo”. Con el miedo de postre. ¡Ojalá! Pues siempre nos quedaría la vida… Y, sí, también entraba la última en el camión, pegada a la puerta de la derecha. Única puerta del asiento trasero, detrás del copiloto, desde el minuto uno. ¿Me iba a ofender por eso?
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Si hubiera nacido en otro tiempo estos tipos me queman por bruja. Bien es verdad que siempre quise serlo, pero de las de escoba. ¿Acaso no es una herramienta más? Como lo es Dios, supongo. ¿Para qué decir lo contrario? ¿Y el Hombre? En su idea, ¿deja de serlo? En realidad no dejamos de ser ideales por el concepto que tienen sobre sí mismos. ¿Lo son también? En esos momentos, ¿no lo era yo para ellos? Más cuando, como Ser, solo se da cabida al hombre, ¿o no? Como creador, supongo. En su endogamia. Hoy por hoy, en su ayer. ¿De quién?
En cuestión de ideas no hay lo que no pueda darse, desde luego. De por sí, con escoba o sin ella, muchas veces me veo allá arriba o acá abajo, que para mí y en cualquier caso es lo mismo. Porque soy un espacio dentro del espacio que ocupo, en el espacio en que habito. Lo trasmite mi movimiento, el espacio que soy, en el que me muevo. ¿De qué mi existencia? Si por naturaleza no hay mejor ciencia que la propia, ¿qué me puede decir nadie que yo no sepa? De lo que veo, y de lo que no veo también, ¿quién? Como si no deseo saber. ¿No nací para vivir? ¿Para qué creer o no creer? ¿No es mío mi sentir? Ni siquiera en el tiempo, el propio del hombre, claro. Ni de sus intereses creados, que para eso también me tengo y basto. Cuestión de autorreflejo. Puro reflejo. El movimiento de mi cuerpo, en su centro de vida. No se puede deber a otra cosa.
Por qué me iba a extrañar que Sócrates se prestara al circo. ¿Por qué no hacerlo? ¿No era un hombre? En su espíritu fueron de risa, o son de risa, todos, con su dichoso espíritu, el de sus incapacidades. Los muy legítimos. Con sus mirlos y contubernios: de sinfonía. ¿Qué se puede esperar de ellos? En grupo incluso menos. Qué les importó el trato que me dio Ángel. ¿No era una mujer? Algo habrás hecho, me pareció escucharlos en sus solemnidades e insolencias. En cuanto a nosotras, por supuesto. Ellos se creen lo suficiente para decidir por nuestra cuenta. El común de los mortales, que ya es decir. Ni me rebelé, ¿para qué?
Había que estar. Y como para no saber que todo corría por cuenta de la baba del capataz, pero solo a través de su pensamiento, ni siquiera por los hechos. Donde para colmo de bienes yo era la única mujer del grupo. De mayores veras. Ni qué decir. Como si tuviera alguna importancia, me dije.
El pensamiento del hombre ya es inherente a su cerebro; su invento. Consagrados, por supuesto. Como para escuchar lo que Ángel les había dicho al resto de los hombres sobre mí. ¿Importaba? Que era bueno lo que les dijo de mí, me dice Sócrates. Lo bueno en mi tierra se come, fueron las palabras con las que yo les brindé a ellos. Tampoco fue como para dejar que Sócrates me siguiera hablando sobre eso. Menuda encerrona. ¿Acaso tenía interés por lo que dijera o dejara de decir Ángel sobre mí? ¡De qué! Ni de ellos ni de nadie. Mi obligación era cumplir con un contrato de trabajo que era mi protección. Pues, ¿no es cuestión de ganarse la vida? Aunque sea trabajando para el mundo. Mundo que es propio de los hombres. Donde se acata lo que ellos dicen. ¿Cómo maestros? ¡De qué! ¿Por dónde? En el hazmerreír de haz lo que digo, no lo que hago. Como para no hacerme gracia oír fechas y tropelías sobre “el fin del mundo”. Con el miedo de postre. ¡Ojalá! Pues siempre nos quedaría la vida… Y, sí, también entraba la última en el camión, pegada a la puerta de la derecha. Única puerta del asiento trasero, detrás del copiloto, desde el minuto uno. ¿Me iba a ofender por eso?
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