ropittella
Poeta veterana en el Portal
Lo que escribo puede decirlo una guitarra
deshecha de añoranza de unos dedos
-que la templen solo con caricias hasta
que le suenen armónicas las mejores notas-
arrojada en el campo, mutilada de cuerdas.
Lo que no digo son las sombras de mi misma,
miserables opacidades de lo trunco,
lo que no quiero ver y aborto a diario,
con sonrisas forzadas lo despido,
y me enorgullezco del desapego;
tan ficticio orgullo es un carrusel
donde finjo sobre el caballo, saludando
a los mismos de siempre, y siempre consigo
la sortija para dar otra vuelta.
La tristeza se sienta en mis rodillas,
la hamaco como si fuera una niña,
como si yo fuera la niña y le doy
el derecho de ser inmadura.
El derecho a ser llorona, caprichosa,
contestataria y rebelde sin causa.
Todo lo que mi madre nunca pudo darme
o no supo, por la constante necesidad de trabajar
para la materia de una subsistencia
que solo acapara cosas.
Sí, lo que escribo lo podría decir una guitarra
huérfana de su razón de ser.
deshecha de añoranza de unos dedos
-que la templen solo con caricias hasta
que le suenen armónicas las mejores notas-
arrojada en el campo, mutilada de cuerdas.
Lo que no digo son las sombras de mi misma,
miserables opacidades de lo trunco,
lo que no quiero ver y aborto a diario,
con sonrisas forzadas lo despido,
y me enorgullezco del desapego;
tan ficticio orgullo es un carrusel
donde finjo sobre el caballo, saludando
a los mismos de siempre, y siempre consigo
la sortija para dar otra vuelta.
La tristeza se sienta en mis rodillas,
la hamaco como si fuera una niña,
como si yo fuera la niña y le doy
el derecho de ser inmadura.
El derecho a ser llorona, caprichosa,
contestataria y rebelde sin causa.
Todo lo que mi madre nunca pudo darme
o no supo, por la constante necesidad de trabajar
para la materia de una subsistencia
que solo acapara cosas.
Sí, lo que escribo lo podría decir una guitarra
huérfana de su razón de ser.
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