Una reflexión, un ensayo.
La gente siempre ha sido como fue, como es, como será. El mundo siempre ha sido como es hoy en día. Otra cosa es que, en un momento dado, abramos los ojos o alguien nos los abra. El mundo siempre ha estado lleno de trumps. La diferencia es que este dice lo que realmente tiene dentro, aunque no es diferencia, también Hitler decía lo que tenía dentro. Le Pen, Trump, o tantos otros, no son más que lo de siempre: sectores que se desprenden de los respectivos Partidos Populares de los países cuando ellos creen que es necesario desprenderse y derechizarse, cuando ven la ocasión para arribar al Poder Absoluto. Algo parecido ocurre con las izquierdas: los pobres, cuando creen que nunca llegarán a ricos o morirán de hambre o, simplemente, temen ir a peor, se radicalizan y apoyan a maduros y compañías, alters egos de trumps.
Por ello no son raras las guerras, las crisis, los atentados terroristas. Siempre han estado ahí, latentes, esperando a que el miedo de unos y las ansias de poder de otros se apoderen y mezclen entre el Pueblo para que este haga barbaridades, atrocidades a las órdenes del aspirante a dictador de turno.
Es cuando el miedo, que no es más que ese plasma en el cual se aposentan y envuelven las almas de las gentes dirigidas, es cuando el miedo acumulado estalla, por ejemplo, ante el pánico que se crea por el incendio de una papelera en mitad de una ciudad de veinte millones de habitantes; una papelera rodeada por miles de bomberos arrojando agua e inundando la ciudad de pánico. No somos más que ese pánico ante esa papelera. Es cuando se extienden veinte muertos por toda una Europa de seiscientos millones de habitantes, por una Europa en la que se suicidan más de cincuenta mil personas anualmente.
Vemos lo que quieren que veamos, quieren que veamos constantemente nuestro miedo, que vivamos en él, y lo quieren tanto los peperos títeres de millonarios como los terroristas, tanto como los maduros de turno. Porque de ello vive el Psicópata.
Pero no olvidemos nunca la mejor y única arma de los Justos: el arma del amor, la caridad, la solidaridad. Ellas son indestructibles y cada uno de nosotros seremos indestructibles si las dejamos entrar para que ellas disipen ese miedo que nos aplasta y envuelve en la oscuridad de un interior donde tenemos el espíritu preso por los aspirantes a señores feudales.
Un pueblo es una misma alma. Pueden asesinar a veinte en un aeropuerto, pero los muertos continuarán dentro de la Memoria del pueblo, en el ADN de sus familias. La venganza y el odio solo facilitará más odio y más venganza, una espiral que lleva a la destrucción. Solo la cultura, la inteligencia, la firmeza, la justicia, la templanza, la solidaridad, el amor, cortan y disipan a esa maldita espiral de guerras. Los buenos actos, el dar refugio, el compartir y repartir mejor la riqueza, son algunos de los campos que rodean al camino del sol y del viento y de la libertad. Lo otro: el miedo, la xenofobia, la insolidaridad, solo llevan a castillos medievales en mitad de la noche; castillos fortificados donde moriremos de peste bubónica, de mierda. El miedo a la Libertad, el miedo a morir, a la pobreza, al Otro, son emociones que hay que arrojar tan lejos como podamos porque son como los muros que quieren construir mala gente como Donald Trump; muros necesarios para construir en el futuro su castillo medieval, donde nos vuelvan a tener como aquellos siervos de la gleba tan añorados por estos psicópatas. Porque son, no se dude ni una milésima de segundo, son Psicópatas.
Trumps, le pens, maduros, terroristas... se retroalimentan. Por ello es necesario la firmeza en las ideas que antes he expuesto. Y los que aguantamos firmes tenemos el deber de gritar en alto estas ideas que no son más que la Democracia con Mayúscula, Los Derechos Humanos con Mayúscula. Tenemos la obligación de impedir que los primeros muros se construyan. La obligación de que los menos posibles del Pueblo entren dentro de ese muro. Los paraísos fecales hace tiempo que son parte de ese muro y ese castillo medieval que quieren construirnos.