Fragilidad
Desdoblamos del silencio cual estéril
palabra que dentro de su sequia despliega vida,
y es allí donde renaces
-desde las cenizas-
tal vez de un pasado que se rehúsa
a ser pasado y de un presente
que se impregna de rojo, un rojo sangre que
se sublima desde el más frío de los infiernos llevando
consigo un cumulo de tristeza tras los cristales.
Sucede de tiempo atrás,
cuando los lamentos sucumbían en una noche
de retrasos, en una hilera de historia que hace
mella en los despojos del recuerdo y se apodera
de la mente ocultando su verdad tras los
colmillos de la ausencia; más allá de
mirarnos bajo el prejuicio del
pasado se imanta un ardid de presente
que resguarda soledad.
Nacemos frágiles, eso sí, en un día perfecto
desnudo de sombras, arropadas en un
concepto clásico de romanticismo,
de ese donde los días son color rosa
y el amor es la flor más preciada
en el jardín de los de deseos,
ciertamente es una falacia eso de
las mariposas en la panza.
El amor muchas veces es sufrimiento,
una paciencia eterna de querer que
la felicidad sea una constante,
pero llega la vida y te da un porrazo
una y otra vez para que te des cuenta
que el mejor día es hoy, que el ayer
se escabulle de vez en vez
mientras llega el melancólico
instante a apoderarse de nuestro ser
interrumpiendo el equilibrio que hay,
dilucidando que el olvido es una maldita
y eterna angustia.
Nos gobierna el calendario,
como cuando mayo se come
de a poco los pergaminos para
inmortalizar el anhelo de haber
desatado nudos, de haber cortado
el cordón umbilical de la añoranza que se
perpetua imperfecta al borde de los latidos.
Nos abrigamos en un árbol de sonrisas,
tratando de consumirnos pedazo
a pedazo el deseo intangible,
el amor sempiterno,
la perennidad del beso
y nos llegan las lágrimas a escondernos
el consuelo en una noche que no acaba;
remembranzas de un pasado noctámbulo,
de un instante que se hace eterno
en un corazón que suplica por agua,
en un desierto febril que señala la hora exacta
de la sed que aún no se sacia…
Desdoblamos del silencio cual estéril
palabra que dentro de su sequia despliega vida,
y es allí donde renaces
-desde las cenizas-
tal vez de un pasado que se rehúsa
a ser pasado y de un presente
que se impregna de rojo, un rojo sangre que
se sublima desde el más frío de los infiernos llevando
consigo un cumulo de tristeza tras los cristales.
Sucede de tiempo atrás,
cuando los lamentos sucumbían en una noche
de retrasos, en una hilera de historia que hace
mella en los despojos del recuerdo y se apodera
de la mente ocultando su verdad tras los
colmillos de la ausencia; más allá de
mirarnos bajo el prejuicio del
pasado se imanta un ardid de presente
que resguarda soledad.
Nacemos frágiles, eso sí, en un día perfecto
desnudo de sombras, arropadas en un
concepto clásico de romanticismo,
de ese donde los días son color rosa
y el amor es la flor más preciada
en el jardín de los de deseos,
ciertamente es una falacia eso de
las mariposas en la panza.
El amor muchas veces es sufrimiento,
una paciencia eterna de querer que
la felicidad sea una constante,
pero llega la vida y te da un porrazo
una y otra vez para que te des cuenta
que el mejor día es hoy, que el ayer
se escabulle de vez en vez
mientras llega el melancólico
instante a apoderarse de nuestro ser
interrumpiendo el equilibrio que hay,
dilucidando que el olvido es una maldita
y eterna angustia.
Nos gobierna el calendario,
como cuando mayo se come
de a poco los pergaminos para
inmortalizar el anhelo de haber
desatado nudos, de haber cortado
el cordón umbilical de la añoranza que se
perpetua imperfecta al borde de los latidos.
Nos abrigamos en un árbol de sonrisas,
tratando de consumirnos pedazo
a pedazo el deseo intangible,
el amor sempiterno,
la perennidad del beso
y nos llegan las lágrimas a escondernos
el consuelo en una noche que no acaba;
remembranzas de un pasado noctámbulo,
de un instante que se hace eterno
en un corazón que suplica por agua,
en un desierto febril que señala la hora exacta
de la sed que aún no se sacia…