Luis Libra
Atención: poeta en obras
`
La tía Concha pasó por este mundo
sin pena ni gloria.
Soltera, amable y discreta.
De pasiones y sentimientos
sencillos o secretos, ¡quién sabe!
La verdad, no podría escribir
un poema excesivamente conmovedor
o épico sobre ella.
Por más que le doy vueltas no sé
qué clase de poema podría escribirle,
(pero algo en mi interior me dice
que por lo menos merecía unos versos)
La tía Concha nunca ayudó a cruzar
la frontera a los perseguidos de la guerra
como mi tío abuelo,
ni salió jamás en la tele
como mi tío Rafa.
Tampoco tuvo descendientes
que la recordaran emocionados
todas las jodidas Nocheviejas.
Casi no recuerdo nada de ella.
Su imborrable sonrisa
cuando yo era un crío.
Barriendo en la casa de mi abuela,
su hermana, donde vivía.
Siempre, siempre rodeada
de su ejército de libros.
Y al final en una residencia
faltando gravemente el respeto a las monjas
y confundiendo nuestros nombres
y nuestras identidades.
En su entierro éramos seis o siete
incluidos los enterradores.
Mi madre y mi abuela lloraban,
mientras yo tonteaba con una prima
lejana rubia y muy simpática.
Como digo, su mundo eran los libros.
Ella siempre sonreía.
Quería a los suyos.
Algo dentro de mí me dice
que no se perdió tanto.
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La tía Concha pasó por este mundo
sin pena ni gloria.
Soltera, amable y discreta.
De pasiones y sentimientos
sencillos o secretos, ¡quién sabe!
La verdad, no podría escribir
un poema excesivamente conmovedor
o épico sobre ella.
Por más que le doy vueltas no sé
qué clase de poema podría escribirle,
(pero algo en mi interior me dice
que por lo menos merecía unos versos)
La tía Concha nunca ayudó a cruzar
la frontera a los perseguidos de la guerra
como mi tío abuelo,
ni salió jamás en la tele
como mi tío Rafa.
Tampoco tuvo descendientes
que la recordaran emocionados
todas las jodidas Nocheviejas.
Casi no recuerdo nada de ella.
Su imborrable sonrisa
cuando yo era un crío.
Barriendo en la casa de mi abuela,
su hermana, donde vivía.
Siempre, siempre rodeada
de su ejército de libros.
Y al final en una residencia
faltando gravemente el respeto a las monjas
y confundiendo nuestros nombres
y nuestras identidades.
En su entierro éramos seis o siete
incluidos los enterradores.
Mi madre y mi abuela lloraban,
mientras yo tonteaba con una prima
lejana rubia y muy simpática.
Como digo, su mundo eran los libros.
Ella siempre sonreía.
Quería a los suyos.
Algo dentro de mí me dice
que no se perdió tanto.
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