Fantasmas

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Cuento los instantes en que te apareces sin decir nada y enumero tus ausencias para contarlas como cuentos mitológicos.
Una inevitable soledad se manifiesta tiñendo mi vida en escalas de grises; no importa lo que haga ni cuánto te escriba, nunca cambia el color de mi paleta, haciendo que dude de los murmullos que dejan las sombras al escuchar tu nombre.

Extraño contar tus lunares que eran galaxias de placeres, donde mis dedos viajaban sin prisa a explorar cada parte de tu cuerpo. Tachones aún habitan la bitácora de tu piel, que después de años son eufemismos a la muerte vestidos con manchas de cenizas.

Al final, tus poemas se los dedico a la inevitable soledad, queriendo que se enamore profundamente de mi lápiz.
Dioses sin piedad me hacen coleccionar apariciones instantáneas que, en mi libreta, se vuelven delirios de tu ausencia.
No sé si sabes que fuimos capaces de expresar nuestro amor en un pálido papel. Ahora que te perdiste entre las líneas de la muerte, intento escribirte para revivir tu silueta en ellas.

No alcanzo a verte, pero sé que estás disuelta en mis poemas; noto tu presencia persiguiéndome al regresar a casa, o en alguna frase subrayada que te cita entre los libros de Gabo, donde recuerdan que nuestro amor, aunque ahora irreal, siempre será mágico.

Las soledades me obligaron a recibir el castigo de Apolo: transformarte en la musa poética de nuestros cuentos terrenales, como alguna vez lo fue Dafne para él. Desgraciadamente, ignoro si te has transformado en una ninfa que se baña en valles de flores, o en un fantasma que pena por los círculos del purgatorio.
Soy el mayor testigo de tu ausencia pronunciada, esa que hoy relata nuestra historia en el tiempo; idilio semejante a los amores parisinos de Cortázar, donde tu querer fue mío y de mi lápiz, hasta que te marchaste siguiendo los pasos de la muerte.

Termino de aspirar humos negros con nostalgias de olvido; observo la luna extraviada en mi ventana y se sumerge tu imagen en mis párpados, cansados de coleccionar desvelos que llevan tu nombre.

Permite que me persigan libros que guardan la esencia de tus rastros; no me pidas que no llore la partida que te alejó de mí; deja que siga exorcizando demonios clandestinos en estas calles antioqueñas que hoy me empujan a escribirte otra vez.

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