L
Luis Miguel Rubio Domingo
Invitado
Me hice la pregunta. En caso de incendio, ¿qué cuadro salvaría? En aquellos años de mi estancia en Londres las paredes del vestíbulo central de la Galería Nacional estaban ocupadas por obras de muy distintos artistas. Mi preferida era ‘la sesión de peinado’ de Degas. La ardiente sensualidad del cepillo desenredando con tensión una melena anaranjada merecía que lo salvara de la quema. Compré años más tarde el cartel de la exposición Mas allá del impresionismo en esa misma galería porque reproducía parcialmente el cuadro con motivo de su centenario (1996) Lo enmarqué y lo colgué en un lugar preferente de mi apartamento de Benidorm. La obra había pertenecido en algún momento a Matisse y había cautivado a Picasso en sus primeros años de París. En él se retrata a una peluquera o ayudante de cámara que asiendo firmemente la larga cabellera de una señorita (que a mí se me antojaba una actriz de teatro del XIX) está dando un fuerte tirón con el cepillo. No hay interés por la luz, sino por el movimiento. No pinta la fragilidad, sino la fuerza; y, siendo estas cualidades tan raras de encontrar en la obra de Degas, me parecía que esa excepción dotaba a esta importante pintura de la impronta de las obras maestras.
Creí una noche, mientras dormía, oír un ruido que provenía del cuadro. Parecía el redoble de unos largos dedos sobre el cristal protector. Ni caso. La noche siguiente el sonido volvió. Encendí las luces y pude observar que el cuadro se balanceaba sobre la alcayata golpeando ruidosamente la pared. Me sentía fascinado y confuso, incapaz de dar con una explicación no sobrenatural. ¿Qué había dentro de la lámina? ¿Qué fuerza inmaterial se escondía tras el cepillado? Mi mano se extendió, trémula, hacia el marco justo a tiempo para ver cómo salía de su mortaja de barro uno de esos insectos que imitan la forma de las avispas, sus predadores naturales. Había junto al recién liberado otro capullo vacío que explicaría los ruidos de la víspera. Me sentí feliz de compartir mis gustos con la naturaleza, pero me dije: ‘Cría cuervos’. ‘Te salvo del incendio y tú me pagas con estas intrigas’ dando por concluida una etapa más o menos larga de mi vida en la que me definía como conceptualmente materialista.
Creí una noche, mientras dormía, oír un ruido que provenía del cuadro. Parecía el redoble de unos largos dedos sobre el cristal protector. Ni caso. La noche siguiente el sonido volvió. Encendí las luces y pude observar que el cuadro se balanceaba sobre la alcayata golpeando ruidosamente la pared. Me sentía fascinado y confuso, incapaz de dar con una explicación no sobrenatural. ¿Qué había dentro de la lámina? ¿Qué fuerza inmaterial se escondía tras el cepillado? Mi mano se extendió, trémula, hacia el marco justo a tiempo para ver cómo salía de su mortaja de barro uno de esos insectos que imitan la forma de las avispas, sus predadores naturales. Había junto al recién liberado otro capullo vacío que explicaría los ruidos de la víspera. Me sentí feliz de compartir mis gustos con la naturaleza, pero me dije: ‘Cría cuervos’. ‘Te salvo del incendio y tú me pagas con estas intrigas’ dando por concluida una etapa más o menos larga de mi vida en la que me definía como conceptualmente materialista.
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