lesmo
Poeta veterano en el portal
Nadie más. Abierto todo.
Pero ya nadie faltaba.
No eran mujeres, ni niños,
no eran hombres, eran lágrimas
— ¿quién se podía llevar
la inmensidad de sus lágrimas?—
que temblaban, que corrían
arrojándose en el agua.
[…]
Generalife
Juan Ramón Jiménez
dedicado a Isabel García Lorca
Ochenta años
(Desde el Generalife)
¿Qué me dirá a mí la fuente
tan llena de luto y lágrimas?
¿Ese reguero de espantos
en el jardín de las águilas?
¿Y con qué acordado acento
cien surtidores se clavan
en el estanque cubierto
con una manta escarlata?
Allí, junto a los rosales,
empedrado y filigrana
no sé de qué están mojados
si de llantos o de agua.
Porque muy cerca, ¡tan cerca!...,
tras aquella loma blanca,
al abrigo de un olivo
descerrajaron sus balas.
¡Ay espantosos taladros,
plomos de las madrugadas,
silbos de una muerte agreste
bajo las estrellas pálidas!
Llorad todos los jardines,
lloradle todas las lágrimas
a aquel que nació poeta
y a borbotones cantaba:
“Tengo miedo de perder
de tus dos ojos de estatua
la maravilla que tienen
y en mi mejilla asombrada
la caricia de la rosa
de mis noches solitarias”.
Lloradle todas las fuentes,
vestid de negro las aguas
que se conviertan en tinta,
que hablen por el que hablaba.
Cómo pudo pronunciar
sin saber qué le esperaba
el verso premonitorio
de una voz sin su garganta.
Cómo pudo predecir
de los ríos de Granada
que el uno llevara llanto
y el otro sangre en el agua.
Cómo pudo ver tu entierro
-¡ay petenera gitana!-
lleno de gente siniestra
en una falseta amarga.
Y mientras le diga agosto
el memento en la mañana,
Granada mirará al cielo
sin esconder la mirada.
(Desde el Generalife)
¿Qué me dirá a mí la fuente
tan llena de luto y lágrimas?
¿Ese reguero de espantos
en el jardín de las águilas?
¿Y con qué acordado acento
cien surtidores se clavan
en el estanque cubierto
con una manta escarlata?
Allí, junto a los rosales,
empedrado y filigrana
no sé de qué están mojados
si de llantos o de agua.
Porque muy cerca, ¡tan cerca!...,
tras aquella loma blanca,
al abrigo de un olivo
descerrajaron sus balas.
¡Ay espantosos taladros,
plomos de las madrugadas,
silbos de una muerte agreste
bajo las estrellas pálidas!
Llorad todos los jardines,
lloradle todas las lágrimas
a aquel que nació poeta
y a borbotones cantaba:
“Tengo miedo de perder
de tus dos ojos de estatua
la maravilla que tienen
y en mi mejilla asombrada
la caricia de la rosa
de mis noches solitarias”.
Lloradle todas las fuentes,
vestid de negro las aguas
que se conviertan en tinta,
que hablen por el que hablaba.
Cómo pudo pronunciar
sin saber qué le esperaba
el verso premonitorio
de una voz sin su garganta.
Cómo pudo predecir
de los ríos de Granada
que el uno llevara llanto
y el otro sangre en el agua.
Cómo pudo ver tu entierro
-¡ay petenera gitana!-
lleno de gente siniestra
en una falseta amarga.
Y mientras le diga agosto
el memento en la mañana,
Granada mirará al cielo
sin esconder la mirada.
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