gilbran
Ernesto Salgari
Si te asomas.
Allí está,
errante en un paisaje sin fronteras, trashumante,
madrugadora y bohemia,
con su silueta ondular
mellando aceros
en el horizonte humano.
Arco universal;
que al alma induces
a volar en levedad.
Ansían la sustancia de tu vino,
mis gestos, mis palabras.
Mi silencio rendido a tus pies.
Abatible sostén de entrañas y huesos.
Vano cardinal inconfundibles.
Humilde autoridad. La Paz.
Otrora, en la fangosa trinchera
no te vieron brillar, ni te verán,
y en tu ausencia se negó
el concilio de colores
para hacer arcoíris del napalm.
Allí está, vibrando como un beso tibio y lácteo
en las fauces de Marte furibundo.
Llano y en ciernes,
en la faz imberbe de los días,
Amarillo y cálido vellón en las centurias.
Extensión a todo aliento.
Agua viva para cada palmo y su fatiga,
suficiente al canje iracundo y vano
que aniquila sueños.
Mi paz, tú paz;
impresa en nuestros ojos.
Limpia y seductora,
desnuda para nuestra desnudez.
Allí está,
errante en un paisaje sin fronteras, trashumante,
madrugadora y bohemia,
con su silueta ondular
mellando aceros
en el horizonte humano.
Arco universal;
que al alma induces
a volar en levedad.
Ansían la sustancia de tu vino,
mis gestos, mis palabras.
Mi silencio rendido a tus pies.
Abatible sostén de entrañas y huesos.
Vano cardinal inconfundibles.
Humilde autoridad. La Paz.
Otrora, en la fangosa trinchera
no te vieron brillar, ni te verán,
y en tu ausencia se negó
el concilio de colores
para hacer arcoíris del napalm.
Allí está, vibrando como un beso tibio y lácteo
en las fauces de Marte furibundo.
Llano y en ciernes,
en la faz imberbe de los días,
Amarillo y cálido vellón en las centurias.
Extensión a todo aliento.
Agua viva para cada palmo y su fatiga,
suficiente al canje iracundo y vano
que aniquila sueños.
Mi paz, tú paz;
impresa en nuestros ojos.
Limpia y seductora,
desnuda para nuestra desnudez.
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