Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Siempre hay alguien que me corrige un soneto.
Algo me falla siempre,
son muchos detalles que hay que ajustar,
pero a veces me ha corregido
alguien que declara de entrada
que él no puede hacerlos.
Y me corrige las palabras,
me dice que debiera usar otras.
Alguien que en un poema iniciaba diciendo:
“Energía sin materia…”,
lo demás eran referencias
a conceptos comunes de la Física.
Yo le comenté que su primer verso era muy bello,
porque energía sin materia es luz.
Me contesto qué no sabía nada de Mecánica Cuántica,
que no podría decirme si yo tenía razón.
What???.
Llegué a la conclusión
de que siempre hablaba de lo que no sabía.
¡Pero se daba el lujo de corregirme!.
¿Era cuestión de postura?
o ¿quería estar en el corro de los que me corrigen?
Pero no es el único.
Una vez fui a una librería y al salir vi a un joven
que vendía un libro con sonetos de su autoría.
-¿Cuánto cuesta?-, le dije:
-Veinte pesos-
- Ah, dame uno, yo también los escribo -
- ¡Escribe sonetos!-
Parecía que hubiera dicho yo anatema,
pero se controló al ver que le entregaba el dinero.
- Si quiere le doy mi correo para que me los envíe
y yo se los corrijo-
-¡Me los corrige!-, pensé,
-otro que me quiere corregir.
La franca verdad,
prefiero los correctores electrónicos.
No hacen aspavientos de super sabios,
no se pavonean con actitudes grandilocuentes,
no se creen la divina garza,
les puede una mandar al diablo,
borrarlos de la página,
no volverlos a consultar,
y ¿Quién se mué?.
Algo me falla siempre,
son muchos detalles que hay que ajustar,
pero a veces me ha corregido
alguien que declara de entrada
que él no puede hacerlos.
Y me corrige las palabras,
me dice que debiera usar otras.
Alguien que en un poema iniciaba diciendo:
“Energía sin materia…”,
lo demás eran referencias
a conceptos comunes de la Física.
Yo le comenté que su primer verso era muy bello,
porque energía sin materia es luz.
Me contesto qué no sabía nada de Mecánica Cuántica,
que no podría decirme si yo tenía razón.
What???.
Llegué a la conclusión
de que siempre hablaba de lo que no sabía.
¡Pero se daba el lujo de corregirme!.
¿Era cuestión de postura?
o ¿quería estar en el corro de los que me corrigen?
Pero no es el único.
Una vez fui a una librería y al salir vi a un joven
que vendía un libro con sonetos de su autoría.
-¿Cuánto cuesta?-, le dije:
-Veinte pesos-
- Ah, dame uno, yo también los escribo -
- ¡Escribe sonetos!-
Parecía que hubiera dicho yo anatema,
pero se controló al ver que le entregaba el dinero.
- Si quiere le doy mi correo para que me los envíe
y yo se los corrijo-
-¡Me los corrige!-, pensé,
-otro que me quiere corregir.
La franca verdad,
prefiero los correctores electrónicos.
No hacen aspavientos de super sabios,
no se pavonean con actitudes grandilocuentes,
no se creen la divina garza,
les puede una mandar al diablo,
borrarlos de la página,
no volverlos a consultar,
y ¿Quién se mué?.
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