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Carta a mi padre

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
Yo soy el náufrago
que lleva dentro el mar
la nave rota
y la isla desierta
en que me salvo.

Juan Luis Mora

CARTA A MI PADRE


Una estrella fugaz agrieta el cielo
y estalla en dos mi medio corazón
a más de diez kilómetros del suelo.

Y ante aquel horizonte bermellón
no fui más que una lágrima encendida
como punto final de tu renglón.

¡Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida!

Y te buscaba allá, bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
serenaste mi angustia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Y cuando el miedo vuelve a despertar
siempre encuentro la luz en tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.


¡Nuestro enlace estelar está en la huella
que dejaste en la arcilla de la aurora!;
¡cuántas veces salvé mi noche en ella!

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en el último paso de mis pasos
sobre este mundo tuyo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
se va extinguiendo ya tu llama y brilla
con esa calma de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla,

un pañuelo que tiembla en mi trasdós.

Y empujan, en cascada, los instantes,
cada ficha de nuestros dominós.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

Y en esta noche tersa alcanzo a ver
cómo las dos galaxias nos respiran
desde el tapiz eterno del crupier.

Y nuestras almas espirales viran
desligando su leve gravedad...,
y aquellos dos derviches se retiran
girando, para siempre, en mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
 
Última edición:
CARTA A MI PADRE

Una estrella fugaz agrieta el cielo
y vislumbro los remos de Caronte
a más de diez kilómetros del suelo.

Me recuerdo prendido al horizonte
tratando de encontrar una salida
en la nada de aquel Adán bifronte.

Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida.

Y te buscaba allá bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
calmaste mi consciencia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Vuelve, a veces, mi mente a conspirar,
pero siempre me salva tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.

De la misma manera que tu huella
—con la urdimbre escarlata de su aurora—
orientó mi sextante en tu centella.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en las fronteras verdes de mis pasos,
hoy te muestras al mundo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
arde tu llama tan serena y brilla
con ese brillo de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla.

Y en el plasma que agita mi trasdós
el rayo emocional de tus instantes
parte mi medio corazón en dos.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

No, no tengo ya nada que temer.
Y la noche se enciende y nos respiran
en su temblor los astros del ayer.

Nuestras galaxias espirales giran
lentamente en su leve gravedad
y siento que sus puntas se retiran
en este azul inmenso de mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
Sentidos versos en un más que notable poema.
Saludos.
 
CARTA A MI PADRE

Una estrella fugaz agrieta el cielo
y vislumbro los remos de Caronte
a más de diez kilómetros del suelo.

Me recuerdo prendido al horizonte
tratando de encontrar una salida
en la nada de aquel Adán bifronte.

Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida.

Y te buscaba allá bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
calmaste mi consciencia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Vuelve, a veces, mi mente a conspirar,
pero siempre me salva tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.

De la misma manera que tu huella
—con la urdimbre escarlata de su aurora—
orientó mi sextante en tu centella.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en las fronteras verdes de mis pasos,
hoy te muestras al mundo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
arde tu llama tan serena y brilla
con ese brillo de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla.

Y en el plasma que agita mi trasdós
el rayo emocional de tus instantes
parte mi medio corazón en dos.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

No, no tengo ya nada que temer.
Y la noche se enciende y nos respiran
en su temblor los astros del ayer.

Nuestras galaxias espirales giran
lentamente en su leve gravedad
y siento que sus puntas se retiran
en este azul inmenso de mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
Hermosa elegía en tercetos encadenados de extensa belleza que nos muestra un universo cortado por la centella que es la vida de vuestro padre. Me gustó en especial el verso dónde declara el poeta ya no tener miedo. Muy hermoso, para leer y releer. Un gran placer poder leerlo. Luciana.
 
Última edición:
Admiro tu fe en la métrica y la rima, estimado Andreas. El poema está seguramente en proceso de creación lo que justifica que vaya de más a menos. Pero para eso estamos los amigos. Para empezar, las referencias mitológicas no se sostienen; no por nada, sino por ser demasiado reconocibles. Deja a Caronte para los cuñados y busca otro recurso retórico. Más visto que el tebeo. Consciencia circular es un constructo demasiado abstracto, a ver si encuentras otra cosa. Urdimbre escarlata de su aurora tiene demasiada pompa, pero si te fijas no quiere decir nada. Algo que está muy bien es que las resonancias hernandianas están muy bien engastadas en la estructura y son todo un acierto. El terceto anterior al cuarteto final es, ejem, horroroso, perdona la confianza, ah, y el último verso tiene doce sílabas. Lo dicho. Será un buen poema, pero tienes que seguir trabajando, sabiendo además que la poesía rimada tiene muy poco predicamento. Si te hago estas observaciones es porque eres un poeta fantástico y sé que no estoy perdiendo el tiempo ni ofendiéndote. Un saludo. Luis
 
Hermosa elegía en tercetos encadenados de extensa belleza que nos muestra un universo cortado por la centella que es la vida de vuestro padre. Me gustó en especial el verso dónde declara el poeta ya no tener miedo. Muy hermoso, para leer y releer. Un gran placer poder leerlo. Luciana.
¡Hola, Luciana! Me alegra enormemente que fuera de tu gusto, compañera. Fíjate que esa estrofa del "miedo" es para mí de lo más destacable del poema. Qué importante que la voz del poeta tome la palabra, ¿verdad? Y esa voz a veces es suficiente con que sea honesta para que conmueva. Lo dicho, que muchas gracias por pasar.
¡Un abrazo!
 
Admiro tu fe en la métrica y la rima, estimado Andreas. El poema está seguramente en proceso de creación lo que justifica que vaya de más a menos. Pero para eso estamos los amigos. Para empezar, las referencias mitológicas no se sostienen; no por nada, sino por ser demasiado reconocibles. Deja a Caronte para los cuñados y busca otro recurso retórico. Más visto que el tebeo. Consciencia circular es un constructo demasiado abstracto, a ver si encuentras otra cosa. Urdimbre escarlata de su aurora tiene demasiada pompa, pero si te fijas no quiere decir nada. Algo que está muy bien es que las resonancias hernandianas están muy bien engastadas en la estructura y son todo un acierto. El terceto anterior al cuarteto final es, ejem, horroroso, perdona la confianza, ah, y el último verso tiene doce sílabas. Lo dicho. Será un buen poema, pero tienes que seguir trabajando, sabiendo además que la poesía rimada tiene muy poco predicamento. Si te hago estas observaciones es porque eres un poeta fantástico y sé que no estoy perdiendo el tiempo ni ofendiéndote. Un saludo. Luis
¡Querido Luis! ¡Claro que no! Esta disección crítica que me haces es un regalo. Ya lo sabes. Además, este debería ser el objetivo del foro y lo que lo hace tan especial. Atenderé y daré vueltas a cada una de tus indicaciones.
Hay un tema que sospecho que no se puede resolver de una forma amable, y es esa realidad de que el poema vaya de más a menos. La génesis de estos versos es que mi padre murió con 47 años, una edad que acabo de cumplir. Me resulta poderosa la imagen de esa última huella a partir de la cual se pierden las referencias y que no haya ya -evidentemente- memoria más allá, convirtiéndome de facto en huérfano de padre. Es lo que tienen los cipreses prematuros. El poema es una semblanza de estos últimos 24 años. Y aquí es adonde quiero llegar, amigo. El trayecto parte del dolor brutal de un chaval desnortado por la pérdida de su padre a una "orfandad" definitiva y absolutamente en paz. Me resulta complicado revertir el decrescendo al que acertadamente haces mención.
Por otro lado, creo que se perciben demasiado las costuras del poema, y es que parte de los versos están rescatados de un texto que escribí en su día, y creo esto que se nota en el traje final. No tengo claro si el proceso es quitar o poner.
Luis, tengo una reflexión que me hice el otro día y que aprovecho para compartir contigo. Me hacía la pregunta, como tantas otras veces, de por qué uno tiene la necesidad de compartir su "obra". Tengo claro que no se trata simplemente de un impulso para lamer las heridas del ego. Hay algo profundo en todo esto. Creo, compañero, que una obra en un cajón es en sí "pretenciosa" y que solo compartiéndola puede adquirir cierta objetividad y con ella la posibilidad de volar. Ese parecer público de "los demás" es primordial para objetivizarla y desempolvar la implacable y pretenciosa "subjetividad" del cajón privado. Pues eso, que gracias por contribuir a que este texto siga avanzando en este proyecto inacabado que es la poesía.
Pásate, porfa, en un par de semanas y lo comentamos de nuevo.
¡Un abrazo y feliz día, Luis!
 
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CARTA A MI PADRE

Una estrella fugaz agrieta el cielo
y vislumbro los remos de Caronte
a más de diez kilómetros del suelo.

Me recuerdo prendido al horizonte
tratando de encontrar una salida
en la nada de aquel Adán bifronte.

Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida.

Y te buscaba allá bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
calmaste mi consciencia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Vuelve, a veces, mi mente a conspirar,
pero siempre me salva tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.

De la misma manera que tu huella
—con la urdimbre escarlata de su aurora—
orientó mi sextante en tu centella.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en las fronteras verdes de mis pasos,
hoy te muestras al mundo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
arde tu llama tan serena y brilla
con ese brillo de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla.

Y en el plasma que agita mi trasdós
el rayo emocional de tus instantes
parte mi medio corazón en dos.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

No, no tengo ya nada que temer.
Y la noche se enciende y nos respiran
en su temblor los astros del ayer.

Nuestras galaxias espirales giran
lentamente en su leve gravedad
y siento que sus puntas se retiran
en este inmenso azul de mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022


Hola Andreas, recuerdo haberte leído sobre la muerte de tu padre, sobre esos cipreses prematuros que nos dejan una huella de por vida
comprendo y empatizo contigo en que hay fechas que nos devuelven al pasado.
El poema para mi es extraordinario, y una vez más te agradezco que nos compartas tu poesia, tan enriquecedora, que tiene ese don, que hace la relectura necesaria y apetecible.
Gracias por compartirnos tu arte.
Un abrazo.
Isabel
 
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CARTA A MI PADRE

Una estrella fugaz agrieta el cielo
y vislumbro los remos de Caronte
a más de diez kilómetros del suelo.

Me recuerdo prendido al horizonte
tratando de encontrar una salida
en la nada de aquel Adán bifronte.

Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida.

Y te buscaba allá bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
calmaste mi consciencia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Vuelve, a veces, mi mente a conspirar,
pero siempre me salva tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.

De la misma manera que tu huella
—con la urdimbre escarlata de su aurora—
orientó mi sextante en tu centella.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en las fronteras verdes de mis pasos,
hoy te muestras al mundo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
arde tu llama tan serena y brilla
con ese brillo de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla.

Y en el plasma que agita mi trasdós
el rayo emocional de tus instantes
parte mi medio corazón en dos.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

No, no tengo ya nada que temer.
Y la noche se enciende y nos respiran
en su temblor los astros del ayer.

Nuestras galaxias espirales giran
lentamente en su leve gravedad
y siento que sus puntas se retiran
en este inmenso azul de mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
Qué belleza! Tanto dices y de manera muy hermosa
Hay un caudal de sentimientos y vivencias que logras ordenar en una poesía extensa pero que seguramente se ha hecho breve para tanta historia.
Un saludo:
Malena
 
Hola Andreas, recuerdo haberte leído sobre la muerte de tu padre, sobre esos cipreses prematuros que nos dejan una huella de por vida
comprendo y empatizo contigo en que hay fechas que nos devuelven al pasado.
El poema para mi es extraordinario, y una vez más te agradezco que nos compartas tu poesia, tan enriquecedora, que tiene ese don, que hace la relectura necesaria y apetecible.
Gracias por compartirnos tu arte.
Un abrazo.
Isabel
¡Hola, Isabel! ¡Sí! Hace años escribí un poema a mi padre tratando tangencialmente este tema que ya me toca vivir en primera persona.
Es una imagen poderosa para mí la de clavar tu pisada en su última huella.
He pegado un buen repaso al poema siguiendo los consejos de nuestro querido Luis. Creo que el poema en su conjunto ha mejorado.
Un abrazo enorme, amiga mía.
 
Última edición:
¡Hola, Isabel! ¡Sí! Hace años escribí un poema a mi padre tratando tangencialmente este tema que ya me toca vivir en primera persona.
Es una imagen poderosa para mí la de clavar tu pisada en su última huella.
He pegado un buen repaso al poema siguiendo los consejos de nuestro querido Luis. Creo que el poema en su conjunto ha mejorado.
Un abrazo enorme, amiga mía.
Indudablemente la mirada de Luis hace que mejore hasta aquello que en principio nos parece inmejorable, y eso siempre se agradece.
Decir que hay tercetos memorables es restar importancia a otros que igualmente lo son pero escojo este donde parece que el ayer es ahora...

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Y estos otros que muestran los motivos que te llevaron a esta emotiva, poética y esta dolorosa
remembranza.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

No debiera escoger, ya lo se, todo el poema es para guardar. Bendita huella la que dejó en ti tu padre, el niño se ha hecho hombre, con la sensibilidad de un poeta que deja su propia huella en los lectores, una huella que nos enriquece, que nos inspira, que nos hace mejores. Gracias por todo ese amor que transmites, tan necesario en este tiempo que vivimos.
Un abrazo grande Andreas.
Isabel
 
Última edición:
Qué belleza! Tanto dices y de manera muy hermosa
Hay un caudal de sentimientos y vivencias que logras ordenar en una poesía extensa pero que seguramente se ha hecho breve para tanta historia.
Un saludo:
Malena
¡Malena! ¡Qué alegría saberte por estos versos! Me alegra muchísimo que hayan sido de tu gusto.
Como le comentaba a Isabel le he dado un repaso general al poema y creo que la cosa ha mejorado de forma notable.
Un abrazo fuerte y felices fiestas.
 
Indudablemente la mirada de Luis hace que mejore hasta aquello que en principio nos parece inmejorable, y eso siempre se agradece.
Decir que hay tercetos memorables es restar importancia a otros que igualmente lo son pero escojo este donde parece que el ayer es ahora...

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Y estos otros que muestran los motivos que te llevaron a esta emotiva, poética y esta dolorosa
remembranza.

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

No debiera escoger, ya lo se, todo el poema es para guardar. Bendita huella la que dejó en ti tu padre, el niño se ha hecho hombre, con la sensibilidad de un poeta que deja su propia huella en los lectores, una huella que nos enriquece, que nos inspira, que nos hace mejores. Gracias por todo ese amor que transmites, tan necesario en este tiempo que vivimos.
Un abrazo grande Andreas.
Isabel

Mi querida Isabel. Me emociona tanto tu presencia... Y agradezco no sabes cómo tu lectura tan entregada y atenta. Y saberte en este poema es especialmente importante para mí. Son de esos homenajes necesarios para poder cerrar una puerta y abrir la siguiente.
Gracias a ti siempre por tu ternura, poeta. Un abrazo muy fuerte.
 
Ha mejorado mucho, querido Andreas. Tienes un lenguaje brillante y adornado, pero al prescindir de algunas lentejuelas le confieres una sobriedad que beneficia al conjunto. Ten en cuenta que el propio metro y la rima ya le da un envoltorio de celofán de tal naturaleza que si no tienes un poco de cuidadín en lugar de poema sale una mona de pascua monumental y no estamos aquí para que una elegía (que es en realidad el tipo de poema que nos presentas) se parezca más a una égloga (no digo pastoril por evitar el pleonasmo ese que tanto parece gustar). Entiendo que se utilicen recursos sintácticos de relumbrón cuando se intenta hacer reír, pero cuando se quiere conmover hay que ir con pies de plomo y poner cada cosa en el sitio más discreto, sin coger carrerilla y sin romper nada. Buen trabajo. Luis
 
Ha mejorado mucho, querido Andreas. Tienes un lenguaje brillante y adornado, pero al prescindir de algunas lentejuelas le confieres una sobriedad que beneficia al conjunto. Ten en cuenta que el propio metro y la rima ya le da un envoltorio de celofán de tal naturaleza que si no tienes un poco de cuidadín en lugar de poema sale una mona de pascua monumental y no estamos aquí para que una elegía (que es en realidad el tipo de poema que nos presentas) se parezca más a una égloga (no digo pastoril por evitar el pleonasmo ese que tanto parece gustar). Entiendo que se utilicen recursos sintácticos de relumbrón cuando se intenta hacer reír, pero cuando se quiere conmover hay que ir con pies de plomo y poner cada cosa en el sitio más discreto, sin coger carrerilla y sin romper nada. Buen trabajo. Luis
¡Querido Luis! Comprendo perfectamente el mensaje que me trasladas. Y lo comparto en su totalidad. Tomo nota. En temáticas como es el caso la sobriedad en la exposición es un factor clave. Hay que llegar, efectivamente, sin coger carrerilla y sin romper nada.
Muchas gracias por tu tiempo, compañero. Todo un lujo.
¡Un abrazo enorme!

P.S. Por cierto, Luis, como te dije, trataré de encontrar una alternativa a los dos tercetos del inicio. ¡Abrazo!

P.S.2 ¡Luis! Ya encontré una alternativa a los tercetos de arranque. Un abrazo y gracias, compañero.
 
Última edición:
Yo soy el náufrago
que lleva dentro el mar
la nave rota
y la isla desierta
en que me salvo.

Juan Luis Mora

CARTA A MI PADRE


Una estrella fugaz agrieta el cielo
y estalla en dos mi medio corazón
a más de diez kilómetros del suelo.

Y ante aquel horizonte bermellón
no fui más que una lágrima encendida
como punto final de tu renglón.

¡Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida!

Y te buscaba allá bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
serenaste mi angustia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Y cuando el miedo vuelve a despertar
siempre encuentro la luz en tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo...


¡Nuestro enlace estelar está en la huella
que dejaste en la arcilla de la aurora!;
¡cuántas veces salvé mi noche en ella!

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en el último paso de mis pasos
sobre este mundo tuyo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
se va extinguiendo ya tu llama y brilla
con esa calma de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla,

un pañuelo que tiembla en mi trasdós.

Y empujan, en cascada, los instantes,
cada ficha de nuestros dominós.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

Y en esta noche tersa alcanzo a ver
cómo las dos galaxias nos respiran
desde el tapiz eterno del crupier.

Y nuestras almas espirales viran
desligando su leve gravedad...,
y aquellos dos derviches se retiran
girando, para siempre, en mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
Cuántas luces traen estos tercetos encadenados. Cuidar lo que se ama, pasear recuerdos, ser como el azul del cielo.
Los horizontes vuelven, como una enciclopedia presente de la vida, y muestran trayectos y supervivencias ante una muerte prematura (entiendo).
Me gusta reparar en los fondos, el mensaje, el sentimiento... al fin y al cabo, las palabras deben ser nuestras herramientas y laborando con ellas te encuentro.
Un saludote, Andreas, desde estas tierras.
 
Cuántas luces traen estos tercetos encadenados. Cuidar lo que se ama, pasear recuerdos, ser como el azul del cielo.
Los horizontes vuelven, como una enciclopedia presente de la vida, y muestran trayectos y supervivencias ante una muerte prematura (entiendo).
Me gusta reparar en los fondos, el mensaje, el sentimiento... al fin y al cabo, las palabras deben ser nuestras herramientas y laborando con ellas te encuentro.
Un saludote, Andreas, desde estas tierras.
¡Querido Alonso! Mil gracias por dejar tu valiosa huella en este puñado de versos con propósito de semblanza.
¡Un abrazo fuerte, amigo!
 
Ya lo leí. Muy buena solución. Déjame despacharme a gusto sobre la abundancia de carontes, parcas y musas en la poesía de categoría regional. Me gustan las referencias de segundo orden, por ejemplo, cuando en tu poema dices "desde mi orilla', al tratarse de una elegía ya se sabe que haces referencia al río Aqueronte, no hay porque nombrarlo, ni hacerlo rimar con Caronte ni ninguna catetada de esas. Hay que saber reconocer los clichés poéticos y descartarlos por completo, para ello ayuda mucho despojarse del bonitismo y la cursilería. Enhorabuena por el poema. Luis.
 
Ya lo leí. Muy buena solución. Déjame despacharme a gusto sobre la abundancia de carontes, parcas y musas en la poesía de categoría regional. Me gustan las referencias de segundo orden, por ejemplo, cuando en tu poema dices "desde mi orilla', al tratarse de una elegía ya se sabe que haces referencia al río Aqueronte, no hay porque nombrarlo, ni hacerlo rimar con Caronte ni ninguna catetada de esas. Hay que saber reconocer los clichés poéticos y descartarlos por completo, para ello ayuda mucho despojarse del bonitismo y la cursilería. Enhorabuena por el poema. Luis.
¡Muchísimas gracias por tu relectura, querido Luis!
¡Un abrazo y feliz año, compañero!
 
Yo soy el náufrago
que lleva dentro el mar
la nave rota
y la isla desierta
en que me salvo.

Juan Luis Mora

CARTA A MI PADRE


Una estrella fugaz agrieta el cielo
y estalla en dos mi medio corazón
a más de diez kilómetros del suelo.

Y ante aquel horizonte bermellón
no fui más que una lágrima encendida
como punto final de tu renglón.

¡Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida!

Y te buscaba allá, bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
serenaste mi angustia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Y cuando el miedo vuelve a despertar
siempre encuentro la luz en tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.


¡Nuestro enlace estelar está en la huella
que dejaste en la arcilla de la aurora!;
¡cuántas veces salvé mi noche en ella!

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en el último paso de mis pasos
sobre este mundo tuyo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
se va extinguiendo ya tu llama y brilla
con esa calma de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla,

un pañuelo que tiembla en mi trasdós.

Y empujan, en cascada, los instantes,
cada ficha de nuestros dominós.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

Y en esta noche tersa alcanzo a ver
cómo las dos galaxias nos respiran
desde el tapiz eterno del crupier.

Y nuestras almas espirales viran
desligando su leve gravedad...,
y aquellos dos derviches se retiran
girando, para siempre, en mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022

Estos tercetos me han parecido de una calidad colosal ; en forma, en rima, en medidas , en sintaxis , y en más que sobrado caudal de sentimientos que me han cautivado desde el primer verso hasta el último.
Qué fenómeno eres con la pluma en la mano !!
Voy a leer de nuevo esta obra de arte.
Gracias por compartir!
 
Estos tercetos me han parecido de una calidad colosal ; en forma, en rima, en medidas , en sintaxis , y en más que sobrado caudal de sentimientos que me han cautivado desde el primer verso hasta el último.
Qué fenómeno eres con la pluma en la mano !!
Voy a leer de nuevo esta obra de arte.
Gracias por compartir!
¡Lluviam! Mil gracias por pasar y dejar tu valiosa impresión sensible precisamente en este poema. Unos versos muy importantes para mí.
¡Un abrazo enorme, compañera!
 
Yo soy el náufrago
que lleva dentro el mar
la nave rota
y la isla desierta
en que me salvo.

Juan Luis Mora

CARTA A MI PADRE


Una estrella fugaz agrieta el cielo
y estalla en dos mi medio corazón
a más de diez kilómetros del suelo.

Y ante aquel horizonte bermellón
no fui más que una lágrima encendida
como punto final de tu renglón.

¡Nunca tuve tan poca luz ceñida
en mi gris costillar, ni tanta sombra
de caracolas mudas en mi vida!

Y te buscaba allá, bajo la alfombra
de un cosmos apagado en el invierno
de aquel niño…, y su grito que aún me nombra:

¡¿Por qué tú, por qué yo, por qué este infierno?!,
¡¿por qué contigo se estrenó la muerte?!,
¡¿por qué tan pronto te me hiciste eterno?!


Las dagas homicidas de la suerte
sesgaron las promesas de mi faro
y fui aprendiendo, padre, a no tenerte.

Fue sanando la herida del disparo
con el salitre de una luz naciente
y el temporal dejó su paso al claro.

¡Cómo hacías alquimia del presente!
Por ti aprendí el error de quien reclama
el instante perdido en su torrente.

Me enseñaste a cuidar lo que se ama,
me decías: «¡empieza por ti mismo!».
Cuántas veces, al borde de mi cama,

bajo el celaje añil de tu humanismo
serenaste mi angustia circular
comprendiendo las ondas de mi sismo.

Y cuando el miedo vuelve a despertar
siempre encuentro la luz en tu rotundo
discurso de gaviotas sobre el mar.

Dicen que cuando rozas este mundo
perturbas la existencia de una estrella
en un celeste vínculo fecundo.


¡Nuestro enlace estelar está en la huella
que dejaste en la arcilla de la aurora!;
¡cuántas veces salvé mi noche en ella!

Pero ha llegado, padre, nuestra hora:
mis tardes ya jamás serán las tuyas,
mi tiempo vivo entierra al muerto y llora…

«Por mucha juventud que te atribuyas
tu ciprés brotará llegado el día
en que tus huellas casen con las suyas».

Las huellas de mi padre..., ¿quién diría
que tan pronto serían las que piso
aquí en los labios tiernos de mi ría?

Hoy te paseo, padre, y te diviso
en el último paso de mis pasos
sobre este mundo tuyo que te quiso.

Y en la vitrina astral de los ocasos
se va extinguiendo ya tu llama y brilla
con esa calma de los cielos rasos.

Yo sé que tu presencia aquí en mi orilla
no es un recuerdo más: es un adiós,
es una luz espesa y amarilla,

un pañuelo que tiembla en mi trasdós.

Y empujan, en cascada, los instantes,
cada ficha de nuestros dominós.

Y recuerdo los célebres semblantes
de esa mirada tuya que ahora heredo;
¡te entiendo tanto como nunca antes!

Pero tú ya te vas y yo me quedo…,
y eso está bien, así tiene que ser.
Tu niño, padre, ya no tiene miedo.

Y en esta noche tersa alcanzo a ver
cómo las dos galaxias nos respiran
desde el tapiz eterno del crupier.

Y nuestras almas espirales viran
desligando su leve gravedad...,
y aquellos dos derviches se retiran
girando, para siempre, en mi orfandad.


Kalkbadan
Madrid, 9 de diciembre de 2022
Estrofas muy poéticas.

Saludos
 

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