"En un lugar de La Mancha"
viven los restos de un olmo;
son asideros sus alas
y enseres varios su tronco.
viven los restos de un olmo;
son asideros sus alas
y enseres varios su tronco.
Olmo viejo del camino
Su muerte
A mediodía lo han visto
juguetear con las sombras
y en el ocaso, tendido,
los ojos de quien lo nombra.
Olmo viejo, viejo abrigo,
a media tarde tu copa
se fundió con el antiguo
paisaje que te dio fonda.
¿Quién te bajó al camino
que en horizontal reposas,
quién destrozó los asilos
de tiernas carnes piadoras?
Si en la noche eras abrigo
de los pájaros, que ahora,
desorientados y ahítos
aletean por la zona
buscando abrazo y cobijo
en las perchas de tus hojas.
Sobre el suelo, malherido,
divisaron tu aureola,
a ras del suelo, contritos,
sobrevuelan tu joroba.
La razón
¿Quién te privó de sus trinos,
quién les privó de tu fronda.
quién ordenó el cruel castigo
que desgajó tu corona?
El progreso fue el motivo
de acallar la bulliciosa
melena de tonos vivos
que se destiñe en la broza.
En su lugar han surgido
moles que ocultan la aurora,
y al ocaso variopinto
la paleta de su obra.
Moles que llena el bolsillo
con ingentes perras gordas
al potentado y altivo
rey de la tierra que ronda
Su traslado
Acicalada de rizos
y de culebras se asoman
entre las piedras del río
aguas que muerto aún toma.
De su derrota es testigo
la que le riega y transporta
lo desgajado hacia el mismo
cauce que sacia la zona.
Su vida
Olmo viejo del camino,
ancha y densa fue tu sombra.
Sembrada de campesinos
en las estivales horas
del trasiego al vasto trigo,
cuando el sol a plomo borda
grietas en lodos marchitos
y las chicharras retozan
sobre los tallos pajizos
que enjambres de oros coronan.
Nidos de enjambres henchidos
suplicando la desmocha
del brazo del campesino
con la hoz que diestro porta.
Para hallar su gualdo limpio
le someten a la monda
bajo el pedernal del trillo,
y al venteo en eras sólidas.
Y el porteo a los molinos
hacia la oreada loma
de crepusculares ígneos,
si están libres de capotas.
La esperanza
A medianoche los bichos
y los luceros custodian,
su cuerpo, que él ve podrido
o quemado en tierra propia.
Pero la suerte no quiso
que sus restos se corrompan
o los quemen en el sitio
al ser siembra en otra historia,
más acorde a su cobijo
¡él, que siempre les dio sombra!
Su carne no tuvo olvido,
sino que el pueblo la goza
al convertir su destino
en asideros que aportan:
al labriego el corte al mijo
con la hoz que en yunque dobla
la destreza y el cariño
del herrero que la forja.
Al carpintero el cepillo
y el cincel que saja y monda
el envoltorio plomizo
que viste su parda molla.
Y al cantero su martillo
y los bancos donde apoya
bloques de cantos ariscos
que pulimenta y transforma
en asientos para el mimo
sobre orillas pedregosas.
A los restos que han latido
sembrados y eras adoptan,
al ensartar utensilios
de labranza por sus bocas:
fueron cabos de rastrillos
altas perchas de sus ropas,
y a la vez robustos picos
enhebraron con rechonchas.
Para introducir hocinos
emplearon a las rotas,
y para embutir cuchillos
dispusieron de las cortas.
De su raíz, variopintos
objetos talló y dio forma
el lugareño que quiso
tener su huella en persona:
con tenedores, jarrillos,
cucharas, platos y copas,
y unas mesas con el mismo
corazón de su tocona.
La dicha
Olmo viejo del camino,
retales de ti baldosan
el paseo recogido
de parejas que retozan
y abarrotan de suspiros
a la ribera, que ahoga,
con su rumoroso líquido
el chasquido de sus bocas.
Allí, donde vierte el río
yemas caladas y ansiosas
de arraigar a suprimidos
rodales de puestas rotas.
Vierte al tiempo cantos chicos,
antaño robustas rocas
que partieron de altos fríos,
donde nace gota a gota,
antes de manar cabrío
el torrente que las doma
y las mece con el limo,
agua abajo donde afloran
los albores verdecidos
de olmos nuevos que ya escoltan
a los álamos albinos
al lugar que juntos orlan.
La eternidad
Rodeado de un idílico
hogar tu osamenta alfombra
la corriente que ha traído
las semillas de otras podas.
Semillas de más caídos,
cuando las talaron sombras.
En la tierra de tu piso,
en la tierra de tu gloria;
sumando sus atavíos
al lugar en que reposas.
Aquí hallaste un fiel recinto
sin verdugo que te imponga
un desahucio por castigo
ni un progreso que te tosa.
Olmo viejo del camino,
un pedazo de ti forma
parte del lugar y el nido,
donde a lugareños donas
de regalo a sus sentidos
vistas, paz y carantoñas.
Y la promesa que el rico
surta de sueños la zona.
Gavase
Su muerte
A mediodía lo han visto
juguetear con las sombras
y en el ocaso, tendido,
los ojos de quien lo nombra.
Olmo viejo, viejo abrigo,
a media tarde tu copa
se fundió con el antiguo
paisaje que te dio fonda.
¿Quién te bajó al camino
que en horizontal reposas,
quién destrozó los asilos
de tiernas carnes piadoras?
Si en la noche eras abrigo
de los pájaros, que ahora,
desorientados y ahítos
aletean por la zona
buscando abrazo y cobijo
en las perchas de tus hojas.
Sobre el suelo, malherido,
divisaron tu aureola,
a ras del suelo, contritos,
sobrevuelan tu joroba.
La razón
¿Quién te privó de sus trinos,
quién les privó de tu fronda.
quién ordenó el cruel castigo
que desgajó tu corona?
El progreso fue el motivo
de acallar la bulliciosa
melena de tonos vivos
que se destiñe en la broza.
En su lugar han surgido
moles que ocultan la aurora,
y al ocaso variopinto
la paleta de su obra.
Moles que llena el bolsillo
con ingentes perras gordas
al potentado y altivo
rey de la tierra que ronda
Su traslado
Acicalada de rizos
y de culebras se asoman
entre las piedras del río
aguas que muerto aún toma.
De su derrota es testigo
la que le riega y transporta
lo desgajado hacia el mismo
cauce que sacia la zona.
Su vida
Olmo viejo del camino,
ancha y densa fue tu sombra.
Sembrada de campesinos
en las estivales horas
del trasiego al vasto trigo,
cuando el sol a plomo borda
grietas en lodos marchitos
y las chicharras retozan
sobre los tallos pajizos
que enjambres de oros coronan.
Nidos de enjambres henchidos
suplicando la desmocha
del brazo del campesino
con la hoz que diestro porta.
Para hallar su gualdo limpio
le someten a la monda
bajo el pedernal del trillo,
y al venteo en eras sólidas.
Y el porteo a los molinos
hacia la oreada loma
de crepusculares ígneos,
si están libres de capotas.
La esperanza
A medianoche los bichos
y los luceros custodian,
su cuerpo, que él ve podrido
o quemado en tierra propia.
Pero la suerte no quiso
que sus restos se corrompan
o los quemen en el sitio
al ser siembra en otra historia,
más acorde a su cobijo
¡él, que siempre les dio sombra!
Su carne no tuvo olvido,
sino que el pueblo la goza
al convertir su destino
en asideros que aportan:
al labriego el corte al mijo
con la hoz que en yunque dobla
la destreza y el cariño
del herrero que la forja.
Al carpintero el cepillo
y el cincel que saja y monda
el envoltorio plomizo
que viste su parda molla.
Y al cantero su martillo
y los bancos donde apoya
bloques de cantos ariscos
que pulimenta y transforma
en asientos para el mimo
sobre orillas pedregosas.
A los restos que han latido
sembrados y eras adoptan,
al ensartar utensilios
de labranza por sus bocas:
fueron cabos de rastrillos
altas perchas de sus ropas,
y a la vez robustos picos
enhebraron con rechonchas.
Para introducir hocinos
emplearon a las rotas,
y para embutir cuchillos
dispusieron de las cortas.
De su raíz, variopintos
objetos talló y dio forma
el lugareño que quiso
tener su huella en persona:
con tenedores, jarrillos,
cucharas, platos y copas,
y unas mesas con el mismo
corazón de su tocona.
La dicha
Olmo viejo del camino,
retales de ti baldosan
el paseo recogido
de parejas que retozan
y abarrotan de suspiros
a la ribera, que ahoga,
con su rumoroso líquido
el chasquido de sus bocas.
Allí, donde vierte el río
yemas caladas y ansiosas
de arraigar a suprimidos
rodales de puestas rotas.
Vierte al tiempo cantos chicos,
antaño robustas rocas
que partieron de altos fríos,
donde nace gota a gota,
antes de manar cabrío
el torrente que las doma
y las mece con el limo,
agua abajo donde afloran
los albores verdecidos
de olmos nuevos que ya escoltan
a los álamos albinos
al lugar que juntos orlan.
La eternidad
Rodeado de un idílico
hogar tu osamenta alfombra
la corriente que ha traído
las semillas de otras podas.
Semillas de más caídos,
cuando las talaron sombras.
En la tierra de tu piso,
en la tierra de tu gloria;
sumando sus atavíos
al lugar en que reposas.
Aquí hallaste un fiel recinto
sin verdugo que te imponga
un desahucio por castigo
ni un progreso que te tosa.
Olmo viejo del camino,
un pedazo de ti forma
parte del lugar y el nido,
donde a lugareños donas
de regalo a sus sentidos
vistas, paz y carantoñas.
Y la promesa que el rico
surta de sueños la zona.
Gavase
Última edición: