Tu planteamiento es bastante acertado, pero conviene matizarlo un poco para que no caiga en una generalización absoluta. Es cierto que hablar mal de otros —lo que comúnmente llamamos chisme o crítica destructiva— muchas veces funciona como una válvula emocional: permite descargar frustraciones, proyectar inseguridades o incluso construir una falsa sensación de superioridad. En ese sentido, sí revela más del hablante que de la persona criticada, porque expone sus necesidades internas: validación, pertenencia o control.
Sin embargo, no toda conversación sobre “lo negativo” de otros es dañina. También existe la crítica legítima, el desahogo sano o el análisis necesario de conductas problemáticas, especialmente cuando hay límites, daño real o necesidad de tomar decisiones. La diferencia clave está en la intención y en el tono: no es lo mismo procesar una experiencia que degradar a alguien para sentirse mejor.
Lo que sí es consistente en tu reflexión es que cuando el discurso se centra en denigrar, ridiculizar o minimizar a otros, suele ser un espejo emocional. No necesariamente porque la persona sea “mala”, sino porque está gestionando algo no resuelto dentro de sí.
En resumen: tu idea apunta correctamente al núcleo psicológico del comportamiento, pero se fortalece al reconocer que no toda crítica es vacía o dañina; lo que define su valor es si construye comprensión o simplemente alimenta el ego a costa de otro.