Yestefilo
Poeta recién llegado
He visto el alma que en mi mano ardía,
pequeña luz que el miedo ha sofocado,
pues prefiere el esclavo su pecado
a la ardua libertad de la armonía.
Alcibíades huye, y en su huida,
abraza las cadenas con premura;
le asusta el resplandor de la cordura,
le duele la verdad de mi medida.
No hay ruego en mi garganta, ni lamento,
que el sabio no mendiga en la marea
ni siembra su simiente en el desierto.
Me marcho con mi luz y mi tormento,
pues no habita el honor donde se emplea
un beso para dar el golpe muerto.
pequeña luz que el miedo ha sofocado,
pues prefiere el esclavo su pecado
a la ardua libertad de la armonía.
Alcibíades huye, y en su huida,
abraza las cadenas con premura;
le asusta el resplandor de la cordura,
le duele la verdad de mi medida.
No hay ruego en mi garganta, ni lamento,
que el sabio no mendiga en la marea
ni siembra su simiente en el desierto.
Me marcho con mi luz y mi tormento,
pues no habita el honor donde se emplea
un beso para dar el golpe muerto.