Sé que no me esperabas
de pie, otra vez,
delante de ti
hablándote en nuestra lengua
casi extinta.
Pero irremediablemente pienso
en la bella alianza
que forma nuestra sangre.
La pausa en torno a ella
es un tratado inviolable
que por segundos jabonosos
rompe escudos y corazas.
¿Te pasa como a mí
que no sabes
con cuál momento quedarte?
¿El presente sigue siendo
tan complejo como
para beberlo de un sorbo?
¿Te resigna esa torpe apuesta
a un futuro cada vez
más estrecho?
Descubrimos tesoros
en los significados
que nadie más valoró,
en sendas opuestas,
trazadas por olvidos.
Vimos el interior del cuarto
cada vez más vacío
que se hizo más grande y oscuro
y que, casi con delicadeza,
aún nos oprimía.
Lloramos hojas ocres
por mejillas de inviernos
mientras decidimos si ser
semilla enraizada a la tierra
o polvo que se disemina.
Encajamos a la fuerza
en los rígidos moldes
de cada celda nocturna
que nos estructura y orienta
en cada amanecer de ausencias.
Pudimos imitar
nuestra felicidad
que nos supo a un castigo
autoimpuesto por orgullo, mientras,
apostamos a tropiezos inducidos
que nos hicieran parecer
un poco lo que fuimos.
Llegamos a un punto
en que no sabemos
si fue lo nuestro
o todo ésto
el innecesario paréntesis.
Cuando cerramos los ojos
se abre esa vieja ventana
por donde se cuelan recuerdos,
se reune la familia,
no se rompen promesas,
desaparecen los problemas
bajo una lluvia torrencial
de sonrisas y caricias.
Es lo más parecido
a la mezquina libertad
con la que soñamos despiertos.