Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Tengo la costumbre de gritar te amo,
cuando de las brumas emergidas
lleno copas. Amaso cuerpos
y metrópolis de humo. Erijo hábitats.
Delirios de leña para el fuego de las culpas.
Tengo la costumbre de embeberte,
cuando tus capullos me acogen
en los senos de agua. Cuando al trasvuelo
por tus tierras, todos los dialectos gritan
besos y cannabis.
Y en ambas costumbres, rascacielos.
La cuerda floja tendida sobre la oquedad
entre tus senos. Y soy el funámbulo
que a ciegas desafía las alturas,
con unas copas de whisky.
Suspenso en las honduras de las formas,
perplejo entre las castas del acero,
gritando todos tus motes en neón,
discurro sobre los puertos de tu pelvis.
Y libo en tus fluidos los vértigos del puente
–esa morfología de labios que hilándome
derrochan– y la geometría del sexo
va trazando aristas en las ruinas,
saciando mi insaciable deseo de creerte.
Soy el desenfreno instalado en tus arterias.
El que repatría todos los verbos
para el culto de tu forja,
rehaciéndote en cada lengua que te advierte,
que cuajándote de aromas te bautiza:
urbe pertinaz de mis excesos.
cuando de las brumas emergidas
lleno copas. Amaso cuerpos
y metrópolis de humo. Erijo hábitats.
Delirios de leña para el fuego de las culpas.
Tengo la costumbre de embeberte,
cuando tus capullos me acogen
en los senos de agua. Cuando al trasvuelo
por tus tierras, todos los dialectos gritan
besos y cannabis.
Y en ambas costumbres, rascacielos.
La cuerda floja tendida sobre la oquedad
entre tus senos. Y soy el funámbulo
que a ciegas desafía las alturas,
con unas copas de whisky.
Suspenso en las honduras de las formas,
perplejo entre las castas del acero,
gritando todos tus motes en neón,
discurro sobre los puertos de tu pelvis.
Y libo en tus fluidos los vértigos del puente
–esa morfología de labios que hilándome
derrochan– y la geometría del sexo
va trazando aristas en las ruinas,
saciando mi insaciable deseo de creerte.
Soy el desenfreno instalado en tus arterias.
El que repatría todos los verbos
para el culto de tu forja,
rehaciéndote en cada lengua que te advierte,
que cuajándote de aromas te bautiza:
urbe pertinaz de mis excesos.