Ha pasado el tiempo…
Los años le alcanzaron marchitándole la piel.
Su cuerpo está agobiado con la carga de su espíritu,
y pierde la conciencia sumergiéndose en sus sueños.
Aun flota con las nubes y el aroma de las flores,
y se atreve a viajar en las aguas transparentes
del tranquilo manantial.
Soberano el viento adulando está al caudal,
coquetea al agua del río para que le deje pasar.
Se aflojan las ramas de los abedules,
se ven caer desde lo alto a los nidos de los carpinteros;
el viento se ha aquietado con el atardecer
y el río sonriente vierte su corriente en el ancho mar.
¡Fascinante ruta!...no cansa, ni agobia.
Cientos de hojas secas viajando van felices sobre la ladera,
y el plácido monte acoge en su seno, al soñador huésped.
Es el petirrojo, plácido durmiente
haciendo su nido en algún lugar
…sobre los árboles en el monte agreste,
junto a la guarida triste y solitaria,
crónica perfecta, tímida, ignorante...
Bancadas de arena inundan los sueños.
El cielo blanco se cubre de humo,
anunciando a su espíritu que terminó el viaje.
Él libre aun vuela creyendo que sueña.
Escucha unas voces hablando a lo lejos;
dóciles los prados murmuran al viento,
y una nube baja y él, él escucha atento,
a esa voz sublime musitando lejos.
¡Suenan las trompetas!. ¡Se oyen los clarines!.
sobre nubes blancas, bajan Serafines;
y en una eclosión de mil rosas blancas,
el huésped regresa en toda su esencia…
Sigue siendo el cuerpo que carga su aliento,
y toda la materia que forma su piel.