Muy querida Isabel
En esta ocasión les comparto a una poeta fundadora de la poesía boliviana, con una historia conmovedora y digna, que eleva a lo más alto la fuerza y convencimiento de una mujer, cuya discapacidad no fue obstáculo para destacarse en el camino de las letras.
Les deseo el mejor recorrido y disfruten de su legado poético.
Un abrazo!
Camelia
María Josefa Mujía
María Josefa Mujía (Sucre, 1812-1888), conocida también como la Ciega, escribió versos de dolor y de tristeza en la intimidad de su hogar.
Ciega a los catorce años y ajena, por tanto, a todas las sensaciones que procura la vista, su exquisita sensibilidad le ayudó a crearse un mundo interior de belleza y de bondad que supo exteriorizar en sus numerosas poesías. Es considerada la primera mujer escritora de Bolivia, tras su independencia.
Su hermano Augusto pasaba las tardes leyéndole obras religiosas y literarias. También escribía cartas para ella y transcribía su poesía. Aunque ella le hizo prometer de mantener secreta su obra, él enseñó su poema "La Ciega" a un amigo. Se publicó en el diario "Eco de la Opinión
en 1850 y se convirtió en uno de los poemas más famosos de Mujía. Según Gabriel René Moreno, después de esto, participó en un concurso nacional para componer una inscripción en la tumba de Simón Bolívar. En su honor se nombró el "Colegio Maria Josefa Mujia"
Falleció en Sucre en 1888.
La ciega
Todo es noche, noche oscura,
ya no veo la hermosura
de la luna refulgente,
del astro resplandeciente
Sólo siento su calor.
No hay nubes que el cielo dora,
ya no hay alba, no hay aurora
De blanco y rojo color.
Ya no es bello el firmamento;
ya no tienen lucimiento
las estrellas en el cielo;
todo cubre un negro velo,
ni el día tiene esplendor.
No hay matices, no hay colores,
ya no hay plantas, ya no hay flores,
ni el campo tiene verdor.
Ya no gozo la belleza,
que ofrece naturaleza,
la que al mundo adorna y viste;
todo es noche, noche triste
De confusión y pavor.
Doquier miro, no quiero piso
nada encuentro y no diviso
más que lobreguez y horror.
Pobre ciega, desgraciada,
flor en su abril marchitada
¿Qué soy yo sobre la tierra?
Arca de tristeza encierra
Su más tremendo amargor;
y mi corazón enjuto,
Cubierto de negro luto,
es el trono del dolor.
En mitad de su carrera
y cuando más luciente era
De mi vida el astro hermoso,
en eclipse tenebroso
por siempre se oscureció.
De mi juventud lozana
la primavera temprana
en invierno se trocó.
Mil placeres halagüeños,
bellos días y risueños
el porvenir me pintaba,
y seductor me mostraba
por un prima encantador.
Las ilusiones volaron
y en mi alma sólo quedaron
la amargura y el dolor.
Cual cautivo desgraciado
que se mira condenado
en su juventud florida
a pasar toda su vida
en una horrenda prisión;
tal me veo, de igual suerte,
sólo espero que la muerte
de mí tendrá compasión.
Agotada mi esperanza
ya ningún remedio alcanza
ni una sombra de delicia
a mi existencia acaricia;
mis goces son el sufrir:
y en medio de esta desdicha,
sólo me queda una dicha
y es la dicha de morir.
El árbol de la esperanza
Árbol de esperanza hermoso,
en copa y ramas frondoso
y elevado yo te vi:
ora en el suelo tendido,
destrozado y abatido
te miro, ¡triste de mí!
Sin hojas y sin ramaje,
marchito y seco el ropaje
de tu frescura y verdor:
¡Cuán corta tu vida ha sido!
Contigo todo he perdido
de la fortuna rigor.
en tu tronco yo apoyaba
mi porvenir, y esperaba
recoger tu fruto y flor;
bajo tu sombra solía
recrear mi fantasía
y adormecer mi dolor.
Siendo de edad aun temprana,
en tu corteza yo ufana
catorce letras grabé;
no eran dichas ilusorias,
ni de amores ni de glorias
las palabras que tracé.
Contigo se ha derribado
todo el bien imaginado
que el pensamiento creó;
cual oscilación ligera
toda ilusión hechicera
contigo ya se extinguió.
El amor
Ídolo falso que el mortal adora
Y que insensato te erigió un altar,
Por quien el hombre su miseria llora,
De quien recibe solo un gran pesar.
Jamás cante tus triunfos, niño ciego;
no herirme pudo tu terrible arpón;
de tus saetas, de tu ardiente fuego,
conservo ileso y libre el corazón.
Nunca manche las cuerdas de mi lira
regando en ellas llanto de dolor
de engaños mil que tu deidad respira,
con que penas sin fin causas traidor.
Mi puro labio de tu copa impía
jamás gusto la emponzoñada miel,
que al brindar viertes con sagaz falsía
muerte, veneno y amargura y hiel.
Nunca mi oído se inclinó a tu acento;
siempre tu halago lo creí falaz.
Mi alma inocente no perdió un momento
su dulce calma, su tranquila paz.
Nunca cantar, tirano, tu victoria
ni tributarte vil adoración
es mi laurel, mi orgullo, dicha y gloria
y el mas grato placer del corazón.
Si mi mejilla en llanto se humedece
y si en el corazón hay amargor,
si en el la angustia, la dolencia crece,
no es del acíbar de tu copa, amor.
No te conozco, y de esto me glorío!
Tu nombre odioso escucho con horror,
y, al ver que causas males mil, impío,
te dice el labio: ¡Maldición, amor!
Se que interés te vence, abate, humilla;
se que los celos te dan gran temor;
se que el mortal te inclina la rodilla.
Yo te desprecio y te maldigo, amor!