Intento determinar qué colores te pintaron en mi alma; deseo convertir esta hoja en un óleo. Busco el amarillo de las mariposas que te seguían, como a los habitantes de Macondo.
El rojo de nuestra pasión, desbordada en noches de faenas carnales donde tu cuerpo y el mío bailaban al compás de gemidos terrenales.
El verde de los campos colombianos que recorrimos en busca de nuestro paisaje; hoy que la muerte nos cobró peaje, te revivo con un pincel en las manos.
El negro de mi tinta, que drena el dolor de tus ausencias ya marcadas y, sin hacer caso a mis condenas, dejo que se desangre en el gris de tu tumba gastada.