ludmila
Poeta veterano en el portal
En este continente de amarguras y de ausencias,
de encierros que no son clandestinos,
donde la luz tenue alumbra
los párpados sedientos de lágrimas,
y los gritos de bocas siderados de angustia,
se ahogan en el pozo los tormentos.
Un amontonamiento de llantos ecuménicos
nos dejan vacíos y desiertos
en las noches silenciosas de besos.
Un desgarro de huesos y de sangre,
que cursa con la melancolía de los otros,
el aire fantasmal lo envuelve todo,
tritura las cenizas de los muertos,
y tiene un vuelo extraordinario
hacia las cúpulas celestes del olvido.
Paradoja del autoengendramiento
porque en la herida del oscuro laberinto
un ave cobra el hálito del sueño
y enarbola en el almidón de tu sonrisa
que aunque apenas se detiene,
una lisonja de ternura
donde una alondra amedrentada,
liba a sorbos en prontitud, la vida.
de encierros que no son clandestinos,
donde la luz tenue alumbra
los párpados sedientos de lágrimas,
y los gritos de bocas siderados de angustia,
se ahogan en el pozo los tormentos.
Un amontonamiento de llantos ecuménicos
nos dejan vacíos y desiertos
en las noches silenciosas de besos.
Un desgarro de huesos y de sangre,
que cursa con la melancolía de los otros,
el aire fantasmal lo envuelve todo,
tritura las cenizas de los muertos,
y tiene un vuelo extraordinario
hacia las cúpulas celestes del olvido.
Paradoja del autoengendramiento
porque en la herida del oscuro laberinto
un ave cobra el hálito del sueño
y enarbola en el almidón de tu sonrisa
que aunque apenas se detiene,
una lisonja de ternura
donde una alondra amedrentada,
liba a sorbos en prontitud, la vida.