Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
De las escarpas del amor y sus delirios
Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza
–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.
Ángel que las amnesias de la piel cautiva.
Amante que con las ramas del olvido talla sueños,
y con las raíces, epopeyas.
Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,
cuando despierto con heridas nuevas:
las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,
las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.
Desde las inundadas escarpas del delirio
saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.
Apasionada intentaba mis códigos de esperma,
con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.
Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,
como se agitan las paranoias sometidas a terapia.
Y de improviso, así como la humanidad
excava con su exigua humanidad los fósiles,
yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,
antes de que nos diferenciara el pene.
Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune
a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.
Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–
a este infectado por los atajos que abordan
-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.
Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.
Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome
la sangre de las mujeres apedreadas.
La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.
La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,
pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.
Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.
De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces
que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables
por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.
Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,
y aunque en el fondo nota exangües mis luciérnagas, intenta,
como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.
No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,
como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose
a sí mismo, se inmola a las mareas.
Y de nuevo nos infecta un piélago
de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.
Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.
En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,
Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,
y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.
Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,
y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.
Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,
que ajustando las líneas de visión,
delinea el mañana regresando al vientre.
Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza
–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.
Ángel que las amnesias de la piel cautiva.
Amante que con las ramas del olvido talla sueños,
y con las raíces, epopeyas.
Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,
cuando despierto con heridas nuevas:
las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,
las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.
Desde las inundadas escarpas del delirio
saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.
Apasionada intentaba mis códigos de esperma,
con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.
Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,
como se agitan las paranoias sometidas a terapia.
Y de improviso, así como la humanidad
excava con su exigua humanidad los fósiles,
yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,
antes de que nos diferenciara el pene.
Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune
a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.
Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–
a este infectado por los atajos que abordan
-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.
Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.
Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome
la sangre de las mujeres apedreadas.
La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.
La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,
pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.
Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.
De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces
que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables
por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.
Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,
y aunque en el fondo nota exangües mis luciérnagas, intenta,
como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.
No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,
como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose
a sí mismo, se inmola a las mareas.
Y de nuevo nos infecta un piélago
de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.
Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.
En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,
Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,
y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.
Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,
y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.
Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,
que ajustando las líneas de visión,
delinea el mañana regresando al vientre.
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