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De las escarpas del Amor y sus delirios

Monje Mont

Poeta reconocido en el portal
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.
Ángel que las amnesias de la piel cautiva.
Amante que con las ramas del olvido talla sueños,
y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,
cuando despierto con heridas nuevas:
las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.

Desde las inundadas escarpas del delirio
saltó fuera del agua, como un
carassius harto de rojos.
Apasionada intentaba mis códigos de esperma,
con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,
como se agitan las paranoias sometidas a terapia.
Y de improviso, así como la humanidad
excava con su exigua humanidad los fósiles,
yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes de que nos diferenciara el pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune
a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.
Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–
a este infectado por los atajos que abordan
-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.
Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome
la sangre de las mujeres apedreadas.
La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.
La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,
pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces
que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables
por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,
y aunque en el fondo nota exangües mis luciérnagas, intenta,
como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,
como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose
a sí mismo, se inmola a las mareas.
Y de nuevo nos infecta un piélago
de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.
En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,
Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,
y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.

Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,
y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.
Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,
que ajustando las líneas de visión,
delinea el mañana regresando al vientre.
 
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De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes del pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan,

cuando enloquecen de tanto ir y venir, las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.
Hay un ciclo completo que se inicia en el mismo lugar en que termina. Todo un universo que se pliega a la nodriza.
Un abrazo, Monje.
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes del pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan,

cuando enloquecen de tanto ir y venir, las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.
Otra de tus extasiantes entregas poéticas estimado amigo.
Un gusto adentrarse en tu sentir.
Saludos cordiales Monje
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes del pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan,

cuando enloquecen de tanto ir y venir, las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.
Woooowww que maravilla!!! Cada verso es la vida misma en el ciclo sin fin, magistrales metáforas e imágenes inundan el corazón del lector con ese mensaje de amor infinito. Felicitaciones Monje Mont por inmensa poesía, saludos y aplausos Daniel
 
La vida es un gran ciclo que transitamos en una dualidad que se refleja
en el vientre, luego hay un lugar definido donde nos movemos y desde
allí lo transitamos, me encantó tu poema, profundo y reflexivo. Gracias
por compartirlo en el foro. Besitos cariñosos apretados en tus mejillas.
 
La vida es un gran ciclo que transitamos en una dualidad que se refleja
en el vientre, luego hay un lugar definido donde nos movemos y desde
allí lo transitamos, me encantó tu poema, profundo y reflexivo. Gracias
por compartirlo en el foro. Besitos cariñosos apretados en tus mejillas.
Estimada Anamer un lujo encontrar tu lectura profunda y tu comentario motivador que te agradezco mucho. Que estés bien amiga. Un abrazo a la distancia.
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes de que nos diferenciara el pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan

-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.
Tanta letra buena, me hace enloquecer y es para leerla despacio y detelladamente, para sacarle todo el jugo.
Gracias por compartirlas.
Un beso
 
Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Es tan hermoso y profundo que cualquier comentario quedaría corto.
Tomo las líneas que me resultaron más emotivas, palabras para la vida que jamás se detiene en el marco del amor.
Es un lujo poder leerte en esta casa.
Feliz semana y un abrazo.
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes de que nos diferenciara el pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan

-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.

Un excelente poema, muy pareció acertado eso de que ella es yo, antes de que nos diferenciara el pene... enhorabuena por tu arte amigo Monje Mont. Un fraterno abrazo, y mis mejores deseos.
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes de que nos diferenciara el pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan

-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.


Caminando por las calles de este laberinto espacio poético, tuve el placer de encontrarme con esta joya, y como tal, cito todo el poema, ya que sólo hago esto, cuando el poema que leo así lo amerita por su calidad y profundidad que transmite con cada verso. Un placer dejar mis huellas al pie tu trabajo. Saludos cordiales, Poeta.
 
De las escarpas del amor y sus delirios


Por aquellas migas que nos desviaron de la hogaza

–tósigo de todos los destiempos–, convoco al ángel del amor fugaz.

Ángel que las amnesias de la piel cautiva.

Amante que con las ramas del olvido talla sueños,

y con las raíces, epopeyas.


Y convoco a esos nombres que por poco atrapo,

cuando despierto con heridas nuevas:

las que urden el delirio, las que vuelven loco al loco,

las que por su afán de perspectivas, no ven la piel tras cada espina.


Desde las inundadas escarpas del delirio

saltó fuera del agua, como un carassius harto de rojos.

Apasionada intentaba mis códigos de esperma,

con la jerga abatida de los filmes sobreactuados.


Cuando menos la buscaba se agitó ante mis ojos,

como se agitan las paranoias sometidas a terapia.

Y de improviso, así como la humanidad

excava con su exigua humanidad los fósiles,

yo soy ella y viceversa… antes de la semana diez,

antes de que nos diferenciara el pene.


Y busqué en mí, desde sus ojos, la llama inmune

a la codicia de los fóridos y a la subcutánea glosa de la larva.

Pero el gris había forjado –del que transcurre sin suceso–

a este infectado por los atajos que abordan

-cuando enloquecen de tanto trajinar- las sombras.


Sin embargo, me sorprendo en el cauce de sus verbos.

Y soy ella expirando en un gemido. Perdonándome

la sangre de las mujeres apedreadas.

La mujer que jamás reconoció cadenas, pero si mi puerta.

La que a cada vuelta de hoja afirma lo que yo no he dicho,

pues se sabe todas mis versiones, y del reverso, mi posología.


Con una dosis de sí misma, detiene los mundos que me caen encima.

De mis delirios, hace vías en su pecho para los carros fugaces

que se incendian en la atmósfera. Y se deshielan planetas habitables

por la gracia de los soles, que en mis brazos, ella erige.


Musicando, entonces, las heridas de mi espalda,

y aunque en el fondo note exangües mis luciérnagas, intenta,

como en sus credos, salpicarlas de evangelios y de estrellas betlemitas.


No obstante, la noche sigue al día porque es crónico el prejuicio,

como crónico es el acento a espuma, del mar que engulléndose

a sí mismo, se inmola a las mareas.

Y de nuevo nos infecta un piélago

de cuervos con lágrimas salinas y peces foráneos y suicidas.


Me miro en sus aguas, y soy en el reflejo, mi verdugo.

En pos de seguir amándonos, se asfixia con mi propia lengua,

Luego, me lanzo a las mareas que le dan el nombre,

y en el líquido amniótico de mi propia insidia, naufrago.


Pero casi de inmediato redimimos perspectivas,

y de las formas que dibujó en mi cuerpo, recuperamos la memoria.

Entonces, ella es yo y viceversa, en esta espiral interminable,

que ajustando las líneas de visión,

delinea el mañana regresando al vientre.
Profundo y hermoso poema, Monje. Siempre un placer pasar por tus letras.
Abrazo fraternal.
 
Es tan hermoso y profundo que cualquier comentario quedaría corto.
Tomo las líneas que me resultaron más emotivas, palabras para la vida que jamás se detiene en el marco del amor.
Es un lujo poder leerte en esta casa.
Feliz semana y un abrazo.
Me alegra que te gustara el poema. Valoro mucho tu apoyo. Gracias por tu comentario amable, profundo y motivador. Que estés bien estimada poeta. Un abrazo.
 
Caminando por las calles de este laberinto espacio poético, tuve el placer de encontrarme con esta joya, y como tal, cito todo el poema, ya que sólo hago esto, cuando el poema que leo así lo amerita por su calidad y profundidad que transmite con cada verso. Un placer dejar mis huellas al pie tu trabajo. Saludos cordiales, Poeta.[/QUOTE

Te agradezco mucho estimada poeta el tiempo ocupado en la lectura y en este amable comentario que realmente me motiva. Me alegra que te guste el poema. Un lujo contar con tu apoyo. Un abrazo.
 

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