El que quiera seriamente disponerse a la búsqueda de la verdad deberá preparar, en primer lugar, su mente a amarla; porque el que no ame a la verdad no se afanará demasiado por conseguirla, ni se apenará mucho cuando se le escape.
Nadie hay entre los que se dedican a la ciencia que no esté convencido asimismo de que ama a la verdad, y ni una sola criatura racional dejaría de tomar como un insulto que se pensara de ella de otra manera.
Y, sin embargo, uno no puede decir realmente que son muy pocos los que aman la verdad, en cuanto a verdad en sí misma, incluso entre los que están persuadidos de que lo hacen. Merece la pena saber cómo un hombre puede conocer si ama en realidad la verdad, y creo que sobre esto hay una prueba infalible: el no abrazar ninguna proposición con mayor seguridad de lo que sus pruebas lo permiten.
Porque la evidencia de que cualquier proposición es verdadera (excepto las que son de suyo evidentes) como tan sólo depende de las pruebas que tenga un hombre, cualquier verdad que no se posesione de nuestras mentes mediante la luz irresistible de la evidencia misma, o por medio de la fuerza de la demostración, los argumentos son las garantías que nos permiten medir la probabilidad que tienen para nosotros.
En la medida en que nosotros mismos consideramos que alcanzamos la verdad y la razón, en esa misma medida alcanzamos un conocimiento real y verdadero. El hecho de que en nuestro cerebro circulen las opiniones de otros hombres, por más que sean verdaderas, no nos hace ni un ápice más conocedores. Lo que en ellos fue ciencia, en nosotros no supone sino obstinación mientras otorguemos consentimiento reverentemente a un nombre y no utilicemos, como aquellos hicieran, la razón para comprender las verdades que los hicieron famosos.
Aristóteles fue, en verdad, un hombre de extensos conocimientos; pero nadie pensó que fuera un sabio porque hubiese abrazado ciegamente las opiniones de otro y las sostuviese confiadamente. Y si no hizo de él un filósofo el tomar sin examen los postulados de otra persona, supongo que eso tampoco convertirá en filósofo a ningún otro.
En las ciencias, cada uno posee tanto como en realidad sabe y comprende: lo que se cree y acepta solamente bajo palabra no son sino fragmentos que, aunque resulten muy valiosos cuando se ensamblan en la pieza entera, poco aumentan el capital de quien los recoge. Semejante riqueza prestada, como el dinero en los cuentos de hadas, aunque sea oro en mano de quien lo recibe, se transformará en hojarasca y polvo cuando se intente emplear.
JL
Nadie hay entre los que se dedican a la ciencia que no esté convencido asimismo de que ama a la verdad, y ni una sola criatura racional dejaría de tomar como un insulto que se pensara de ella de otra manera.
Y, sin embargo, uno no puede decir realmente que son muy pocos los que aman la verdad, en cuanto a verdad en sí misma, incluso entre los que están persuadidos de que lo hacen. Merece la pena saber cómo un hombre puede conocer si ama en realidad la verdad, y creo que sobre esto hay una prueba infalible: el no abrazar ninguna proposición con mayor seguridad de lo que sus pruebas lo permiten.
Porque la evidencia de que cualquier proposición es verdadera (excepto las que son de suyo evidentes) como tan sólo depende de las pruebas que tenga un hombre, cualquier verdad que no se posesione de nuestras mentes mediante la luz irresistible de la evidencia misma, o por medio de la fuerza de la demostración, los argumentos son las garantías que nos permiten medir la probabilidad que tienen para nosotros.
En la medida en que nosotros mismos consideramos que alcanzamos la verdad y la razón, en esa misma medida alcanzamos un conocimiento real y verdadero. El hecho de que en nuestro cerebro circulen las opiniones de otros hombres, por más que sean verdaderas, no nos hace ni un ápice más conocedores. Lo que en ellos fue ciencia, en nosotros no supone sino obstinación mientras otorguemos consentimiento reverentemente a un nombre y no utilicemos, como aquellos hicieran, la razón para comprender las verdades que los hicieron famosos.
Aristóteles fue, en verdad, un hombre de extensos conocimientos; pero nadie pensó que fuera un sabio porque hubiese abrazado ciegamente las opiniones de otro y las sostuviese confiadamente. Y si no hizo de él un filósofo el tomar sin examen los postulados de otra persona, supongo que eso tampoco convertirá en filósofo a ningún otro.
En las ciencias, cada uno posee tanto como en realidad sabe y comprende: lo que se cree y acepta solamente bajo palabra no son sino fragmentos que, aunque resulten muy valiosos cuando se ensamblan en la pieza entera, poco aumentan el capital de quien los recoge. Semejante riqueza prestada, como el dinero en los cuentos de hadas, aunque sea oro en mano de quien lo recibe, se transformará en hojarasca y polvo cuando se intente emplear.
JL