Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
No creas que sólo estar solo me perturba.
Enfrento espectros con tal arsenal de argumentos que me dejan mudo.
El hambre. La enfermedad de los míos.
Cada paso en el conocimiento de mí mismo.
Porque al ver hacia adentro, como pájaro herido, caigo
en los territorios del verbo, que otrora entonaba sus vuelos.
Caigo, también, en los cuerpos que entrañan
una definición incompleta de mí ante el espejo,
y hasta el devenir sustancia de sus nombres y tramas.
E inmolándome, he seguido viviendo.
Descubrí, entonces, que los poetas mentían,
que la luna es un platón de hojalata y el sol un posible final radiactivo.
Tú, no obstante, eres un mundo de lugares calmos, la dársena
donde corren los niños sin un por qué en la mochila,
a descargar las naves que depararon los dados.
Eres el porvenir en la bicicleta roja, sin rebatos,
sin tiempo en las rodillas rotas.
Mi vela en la serenidad de tus mareas amnióticas.
El vientre con las figurillas de barro que encarnan sagradas familias,
cuando las ecuaciones del beso resuelves, sin respetar algoritmos …
Y en las aceras orillas de mar, e hilaridades alrededor de los pies.
Como alguien dijo:
“Si la soledad es un veneno tú eres mi antídoto”.
Recuerdo algunos espíritus que escocían la garganta.
La obscenidad inoculaba a las pesadillas intrínsecas, más pesadillas.
Bajo la cama, bestias de polvo trasbordando
en un camino de hormigas, panes ilícitos.
Y en el entorno, miradas que irradiaban dislates y viejos amigos
con nuevos puñales.
Yo era poco más que un párvulo inmune a diciembres
cantando los villancicos del lobo, y tú, mi probable adultez...,
un aullido y su eco en las colinas del tálamo.
Los perros todavía departían conmigo, y después de muertos
seguían siendo compinches a falta de aliados. Moby-Dick
a veces gritaba que la familia es lo más importante, y que tú,
quien quiera que fueras, valdrías mil veces mi padre.
Hoy, que ya te di alcance, siendo sincero –como paloma
con un mensaje de insurrección en los remos–,
derrotas las olas que en mi mente forjaron mis brazos
cuando ajustaban el orbe a este pequeño refugio.
Y aquí yazgo, pero vuelvo a la vida tarareando tus ingles,
desde esta versión de mí mismo,
forjada en el fragor insensato de creer que estoy vivo.
Y para no cerrar con lugares manidos,
le has dado cuerpo a mi capacidad de asombro, le has dado pecho
a mi fe de niño, y has proveído del mejor de los pubis
a aquellas revistas que habrían sonrojado a mi madre.
Enfrento espectros con tal arsenal de argumentos que me dejan mudo.
El hambre. La enfermedad de los míos.
Cada paso en el conocimiento de mí mismo.
Porque al ver hacia adentro, como pájaro herido, caigo
en los territorios del verbo, que otrora entonaba sus vuelos.
Caigo, también, en los cuerpos que entrañan
una definición incompleta de mí ante el espejo,
y hasta el devenir sustancia de sus nombres y tramas.
E inmolándome, he seguido viviendo.
Descubrí, entonces, que los poetas mentían,
que la luna es un platón de hojalata y el sol un posible final radiactivo.
Tú, no obstante, eres un mundo de lugares calmos, la dársena
donde corren los niños sin un por qué en la mochila,
a descargar las naves que depararon los dados.
Eres el porvenir en la bicicleta roja, sin rebatos,
sin tiempo en las rodillas rotas.
Mi vela en la serenidad de tus mareas amnióticas.
El vientre con las figurillas de barro que encarnan sagradas familias,
cuando las ecuaciones del beso resuelves, sin respetar algoritmos …
Y en las aceras orillas de mar, e hilaridades alrededor de los pies.
Como alguien dijo:
“Si la soledad es un veneno tú eres mi antídoto”.
Recuerdo algunos espíritus que escocían la garganta.
La obscenidad inoculaba a las pesadillas intrínsecas, más pesadillas.
Bajo la cama, bestias de polvo trasbordando
en un camino de hormigas, panes ilícitos.
Y en el entorno, miradas que irradiaban dislates y viejos amigos
con nuevos puñales.
Yo era poco más que un párvulo inmune a diciembres
cantando los villancicos del lobo, y tú, mi probable adultez...,
un aullido y su eco en las colinas del tálamo.
Los perros todavía departían conmigo, y después de muertos
seguían siendo compinches a falta de aliados. Moby-Dick
a veces gritaba que la familia es lo más importante, y que tú,
quien quiera que fueras, valdrías mil veces mi padre.
Hoy, que ya te di alcance, siendo sincero –como paloma
con un mensaje de insurrección en los remos–,
derrotas las olas que en mi mente forjaron mis brazos
cuando ajustaban el orbe a este pequeño refugio.
Y aquí yazgo, pero vuelvo a la vida tarareando tus ingles,
desde esta versión de mí mismo,
forjada en el fragor insensato de creer que estoy vivo.
Y para no cerrar con lugares manidos,
le has dado cuerpo a mi capacidad de asombro, le has dado pecho
a mi fe de niño, y has proveído del mejor de los pubis
a aquellas revistas que habrían sonrojado a mi madre.
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