Tengo clavado un dardo, hiriendo mi corazón,
es la espina de una rosa claudicando por amor;
es el gemido de mis labios ante el flechazo de Cupido,
es el sollozo de los ojos vehementes de placer
que ahoga lentamente mi alma en un cruento padecer.
Esta espina aun clavada en las rosas del vergel,
hinca al néctar que resbala de las entrañas de un clavel,
… al polen diseminándose en los poros de mi piel.
Mi espíritu solitario, perdido por su querer,
extraña la defensa del que amó más de una vez,
se quedó enterrado en el misterioso poder,
como sal que arde en la llaga del amor de un soñador,
que suspira con angustia por los besos de una flor.
Espina de los quereres y de reveses tal vez…
haz que muera la tristeza que ahogó todo mi ser,
que el veneno de su boca sea la miel de mi existir,
elixir en mi vida… la gloria de mi vivir.
Esa aguja que me pincha y de dolor me hace gritar,
deja al eco de mi voz desvanecerse lento
con hartas ganas de amar,
… es espina de mil espinos adherida a mi soñar.
Me arrastra el escándalo que consume al trovador
[que riega con su llanto:
el camino pendenciero que recorre el ruiseñor,
el gemido ahogado de una alondra que ya no canta,
el coro aplaudible de las alas de un gorrión,
las lágrimas perdidas del pichón de colibrí
con las que bordo estos versos de ninfa
inspirándome en lo bueno y en lo malo que viví.
¡Lección de vida!... De todo y de nada,
¡gracias por lo que aprendí!.