Llamamos a la biblia “”el libro de los libros””.
Si la hemos leído tan sólo una vez,
veremos acumulada la historia de un inicio,
hasta que llegó el tiempo trayendo a Jesucristo.
El antiguo testamento es la parte primera,
en donde se ha plasmado con idiosincrasia innata
toda aquella venganza con odio que destruye,
en donde la mentira era reina y señora,
igual como es ahora la historia del más fuerte,
pues el “”ojo por ojo”” sembró los precedentes.
Y se consolidaron los hechos asombrosos…
Moisés fue quien salvó a su pueblo en cautiverio;
Jesús quien llevara la verdad de los hechos
al padre allá en los cielos.
Moisés se descalzó ante la zarza ardiente,
ante una fuerte voz que fuerte le ordenó:
“”Quita las sandalias de tus pies, que el lugar que pisas
Santo es””.
Jesús a los leprosos las llagas les curó;
con tres días de muerto…a Lázaro resucitó;
los ciegos con tocarle, recuperaban la visión,
son tantos sus milagros que no hay comparación.
La tierra prometida, no conoció Moisés.
Sólo le fueron dadas las “”Tablas de la Ley””,
en la que se plasmaban las diez reglas del Rey,
que son los mandamientos en los que no hay revés.
El Monte de los Olivos será siempre el testigo,
de los cuarenta días en que Jesús oró,
de aquella tentación que le hiciera Satán,
poniéndole a prueba por ser Hijo de Dios.
Y fue tanta su fe, que nunca claudicó…
fue llevado al calvario cargando aquella cruz,
pesada por las penas de tantos pecadores.
Con hiel y con crueldad pagó burda condena.
Fue tanto su amor que aun en agonía
alzaba su mirada hacia las nubes blancas…
suplicando a su Padre perdón para nosotros,
los pobres que quedábamos habitando en la tierra.
Han pasado dos mil años desde aquella tragedia.
Somos seres humanos, creyendo ser culpables,
pero sin embargo, el ego y la soberbia,
hacen que sea difícil poder reivindicarnos.
Y hablamos mal del prójimo, nos pesa el ayudarnos,
visitamos la iglesia con falsedad de hermanos,
al final de la misa, estrechamos las manos,
deseando que la paz esté de nuestro lado…
Creídos del momento de reconciliación,
fallamos y pensamos que engañamos a Dios,
poniendo en entre dicho lo que dice la Biblia…
que la feligresía debiese comprender,
que existe una distancia prudente en lo que se hace:
…palabras son palabras, no hechos relevantes.
Nuestra frase favorita: “”Perfecto sólo Dios””,
es hipócrita excusa, mentirosa apariencia,
demostremos con hechos que tenemos clemencia,
tomemos en cuenta lo que dijo Jesús:
“”No oses por favor pedirme perdón,
si aun no te atreves a perdonar a tu hermano”””;
es peor aún, no poner atención,
al nuevo mandamiento que nos dejó el Señor:
“”Ámense unos a otros, como les ama Dios””.
Basta con recordar la señal de los cristianos,
como reza una canción “”es amarnos como hermanos””,
pues en la vida y en la muerte…Dios nos ama para siempre.
Sólo me resta decir, el final de la tonada:
“”Quien a sus hermanos no ama,
miente a Dios si dice que ama””.